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El camión bandera

Oso Mier 17/3/2020 03:00

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Con motivo del día de la madre, invité a mi querida mujercita que, acompañada de su señora madre, accedieron ir al cine. Inicialmente hubo desacuerdos con mi suegra porque cuando dije Woman Day, me dijo que dejara mis poses yanky cunumis y que diga simplemente día de la mujer. Yo le dije que dije en inglés para diferenciar el día de la mujer boliviana, al día de la mujer internacional. Me hice un trabalenguas. Igual. Ella me dijo que las llevaba solo esos dos días al cine pero puntualicé que también íbamos al movies, el día de la madre.

Aclaradas las cosas, recién nos fuimos al cine el viernes pasado y vimos Mi Socio.2, la película de Paolo Agazzi que desempolvo su camión Volvo para volver a viajar por las rutas de un país, tan nuestro y desconocido.

La película me dejó una sensación; somos un país de banderas. Cada región tiene una bandera que la identifique. Hay banderas de nuestros clubes de futbol y banderas políticas que, son tan variadas y algunas tan desteñidas que Sin Banderas se moriría de hambre cantando en nuestro país.

Teníamos una línea aérea bandera, hay una emisora bandera y si de transportes se trata creo que Mi Socio es el camión bandera del cine boliviano.

Mi suegra estaba feliz en el cine. Solo reclamó que no vendan cerveza con pipocas. La charla se torció un poco cuando comentó que la primera versión de Mi Socio se estrenó en 1982 y le pregunté de cómo recordaba el año “porque fue el año en que usted se casó con hija y pa colmo, al año hubo la inundación que se llevó a mi marido”, me replicó. “Yo no sabía que su marido se había ahogado en la inundación” le dije. Y ella me aclaró que su marido salió a comprarse botas de goma al Brasil y no volvió hasta ahora.

Dejamos la discusión. Me quedé con la película. Con la historia que enlaza los caminos de Bolivia, “escenario natural de la película que hace 30 años, que la vimos en nuestra niñez”, dijo mi suegra, pero ya para que iba a hacer aclaraciones de edad.

Cuando salimos del cine, un manto de 40 grados de calor cubría la ciudad. Cervezas frías brillaban por los ojos de mi querida suegra y para complacerla acudimos a esa bella catarata de cebada hasta que nos volvimos en micro cantando “Como quiera ser feliz, como quisiera viajar sin fin…” pero llegamos a nuestra parada y un suspiro de nostalgia nos pinchó la llanta de nuestro viaje.



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