Escucha esta nota aquí

La muerte de George Floyd, un ciudadano afrodescendiente de EEUU, cuando estaba reducido por policías, después de decir varias veces que no podía respirar porque uno de los uniformados le estaba apretando la garganta, ha desatado la peor ola de protestas de los últimos tiempos en la primera potencia mundial. Blancos y negros salieron a las calles para exigir que se acabe el racismo; estrellas de cine, de la música y del deporte se sumaron al grito que clama dar fin a un cáncer social que no es solo de Estados Unidos, sino de la mayoría de los países del mundo.

Las movilizaciones pretendían hacer notar los prejuicios raciales que hay contra los afrodescendientes en Estados Unidos, pero en este país también existe una profunda discriminación contra migrantes latinos, especialmente exacerbadas por declaraciones del presidente Donald Trump. El actor Will Smith decía que “siempre hubo racismo, la diferencia es que ahora se filma” y la exposición de las fuertes imágenes de la muerte de George Floyd son las que causan el rechazo masivo a la segregación y al maltrato recibido por este afrodescendiente. No se puede desconocer que este descontento también ha causado excesos intolerables con destrozos y saqueos, con víctimas inocentes.

Y así como en Estados Unidos, se puede encontrar muestras de racismo en otros continentes. Solo por mencionar algunos: en Europa contra los migrantes que llegan de África y también de Latinoamérica. En Brasil contra los indígenas y las personas de color. Los mapuches también piden igualdad en Chile. O en Colombia, donde se han denunciado ejecuciones vinculadas al origen étnico. Sin dudarlo, en África y Asia hay muestras tan graves de racismo como las que se vieron en las imágenes de la televisión cuando Floyd agonizaba.

A pesar de los discursos y de las poses, en Bolivia no se ha superado el racismo. Por el contrario, se ha exacerbado como efecto de los discursos que estaban dirigidos a separar por color y por origen étnico, cuando el exvicepresidente hablaba de la confrontación con los k’aras y otras barbaridades más que el país tuvo que soportar por casi 14 años. Es tan fuerte la discriminación que no solo es entre mestizos e indígenas; como ejemplo, basta ver cómo en el gobierno del presidente ‘indígena’ se mandó reprimir en más de una ocasión a los pueblos originarios del oriente, en Chaparina y en Takovo Mora. No es mentira que varios ministros, uno de ellos el actual candidato a vicepresidente del MAS, defendía la superioridad de la raza aimara sobre todas las demás.

Lamentablemente, el racismo se expresa en la actualidad y la muestra está, por ejemplo, en el clamor de los pueblos indígenas del oriente para que sus pobladores sean atendidos como lo son los habitantes de las ciudades.

El racismo es un cáncer que la humanidad debe vencer. El problema es que este mal ha hecho metástasis y se manifiesta en las concepciones ideológicas que dejan connotaciones negativas a lo oscuro y positivas a lo claro. Esta forma de relacionarse entre las personas genera reacciones y determina que también haya discriminación a la inversa, dificultando la convivencia armónica, tolerante y respetuosa entre seres humanos.

Hay que empezar por la reflexión individual y familiar, revisando las creencias que se repiten de generación en generación. Hay que incidir en los contenidos educativos, introduciendo valores que permitan apreciar al ser humano con todas sus posibilidades, independientemente de la raza o color.

Superar este cáncer es un reto de la humanidad. Nadie está al margen, porque con palabras y con actos, los agravios al diferente se dan a diario. Hay que revisar en cuántos de ellos estamos involucrados sin darnos cuenta o quizás conscientes y pretendiendo que es lo normal.