14 de junio de 2022, 4:00 AM
14 de junio de 2022, 4:00 AM


Los titulares de los medios de comunicación reflejan el grado de conflictividad sostenida que venimos enfrentando cotidianamente y sin sosiego. Ni la pandemia ni la crisis económica, ambas mundiales, han servido para recomponer una agenda política que principalmente desde el 21F no tiene descanso, y como un acto de torpeza colectiva, nos lleva a continuar con la dinámica de autodestrucción.

Esta situación en las personas podría expresarse como una tensión extrema de los músculos llamada fibrilación, que genera un ritmo cardiaco anormal y que puede ser potencialmente mortal. Socialmente, es una situación que puede escalar a niveles que pasan de la tensión al conflicto, antesala de rupturas y violencia. Para graficar con un ejemplo, basta señalar que estoy describiendo el extremo de la crisis de octubre y noviembre de 2019 con las consecuencias que vivimos y que continuarán por la incapacidad de una clase política carente de voluntad y desconocedora de las técnicas que enfrentan tensiones, buscan consensos, facilitan relaciones, desarman los espíritus y la palabra, y construyen una agenda de encuentros para crecer con las crisis colectivas.
En ese nivel de confrontación, se devalúa el papel de mediadores y facilitadores que tratan de enfrentar la violencia, se los acusa de tibios y pusilánimes y son acallados por tambores de guerras aparentemente inminentes.

Entre las declaraciones irresponsables de los actores de este sainete y las crisis que se desencadenan, hay una sociedad que desarrolla su vida haciendo lo único que dignamente sabe, trabajar. ¿Cuánto puede soportar la gente esta disfunción entre la estupidez de guerreros de garabato y las necesidades de salud, educación y vida digna que desaparecen frente al amarillismo gubernamental que anuncia nuevas confrontaciones, juicios y apresamientos?

De la manera más natural y sencilla nos enfrentamos con necesidades y evidencias que podrían servir para alcanzar la cohesión social que se expresa con la frase “remar en el mismo sentido” y que, si no lo logramos, de nada servirán los discursos magistrales ni las celebraciones del bicentenario.

Asumo el riesgo de no alcanzar la contundencia necesaria para dejar en evidencia la relación entre la superación de la violencia y la realización de actos cotidianos aparentemente ingenuos.

Encuentro de manera relevante acciones que tienen el mismo origen causal y pueden demostrar que ello es necesario y posible. La realización exitosa del censo, comprender el reto de vivir en ciudades, poner en valor las potencialidades del turismo sostenible, enfrentar la cotidianeidad trabajando, produciendo comida y sembrando un cafetal del tamaño de Bolivia, necesitan todas ellas subversivamente, ponernos de acuerdo, establecer consensos, admitirnos, tolerarnos y mejor, respetarnos en nuestras diferencias. Parece algo tan elemental que no le damos el valor heroico de su importancia siendo la base de la magia que ocurre todos los días y que la totalidad de las personas practican.

¿En qué momento, dónde se produjo la ruptura entre la pulsión cotidiana de las necesidades de la gente, y la conducta de iluminados que se olvidaron que son humanos?

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