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Por: Agustín Zambrana Arze 

“El cliente siempre tiene la razón”, es un adagio de ventas, conocido popularmente en el contexto de quienes tienen cómo objetivo la satisfacción del cliente. Este axioma que también puede ser aplicado a la política, se ha invertido, especialmente, en los últimos 17 años, donde un grupo reducido de personas agrupado en un denominado “instrumento político”; cuya única razón es la de detentar el poder para sus propios fines y ambiciones, y no con el fin de proponer una ideología, sino el practicismo político que, para crear una masa de movilización crítica, aumenta las contrataciones en el sector público, sin considerar el perjuicio que esto conlleva para el PGE, a condición de la defensa de un “proceso de cambio” que se agotó hace años atrás y que se transformó en una relación de patrón a empleado sojuzgado.

En este caso, es el empleado el que busca la satisfacción del contratante que a su vez, es también otro empleado público, lo que deriva en un sinfín de condiciones que se desgajan de esta actitud impropia,…- desde el -“comprame el café” , hasta “qué simpática está el/la empleada”. Estos comportamientos que rayan en un cinismo delirante de poder, denigran de tal manera a la persona, que la conducen a una forma de vida que llega a cercenar los valores mínimos de autovaloración y la convierten en un objeto social sin perspectiva futura. Uno se pregunta, ¿si aquella juventud masista está satisfecha con este sistema de supervivencia social, económica y política y, si sabe cuánto puede durar en el tiempo?

Si las cosas cambian para los empleados bajo este régimen de contratación, será muy duro comprobar y haber permitido que se haya mellado su dignidad y libertad y buscarán otro patrón para menguar el sentimiento de insatisfacción que cargan por haber dejado que los conviertan en sujetos pasivos desechables.

Es momento de pensar que así como los humanos, los políticos nacen y tienen una fecha de caducidad. Deben emerger nuevos liderazgos, que obedezcan a sus valores y no a los de su jefe, pues no sólo están siendo afectados los jóvenes, sino la sociedad en su conjunto.

Se trata de todo un sistema de prestación bienes y servicios que, necesariamente debe trabajar con municipios, gobernaciones y gobierno central que está sometido exactamente al mismo juego, vale decir; que aquellos emprendedores se ven en una situación de difícil salida a su subsistencia, caen por inducción al beneficio del contratante público, pero además están destinados a ser mercenarios para el llamado de la defensa del “instrumento de trans culturización e in-personalización del individuo”, a fin de obtener un trabajo, un contrato de provisión de bienes y/o servicios, instaurándose, de ese modo, la cuota parte o “coima”. Qué se podría decir de contratos mayores, de compras directas o licitaciones, aspectos aún más jugosos que los anteriores, es decir, con operadores experimentados, que sobreviven a todos los gobiernos. Es importante reconocer que en otros gobiernos y administraciones también se practicaban esos métodos, pero nunca en la dimensión que se ha visto en los últimos 17 años.

Dice otro refrán que “con el ejemplo se formarán”, entre los jóvenes empleados existen, expresiones de admiración sobre el jefe que no tenía nada y que en dos años ostenta casas y autos y ese el ejemplo de que todo vale, con el fin de alcanzar un rédito personal.

A través de este artículo deseo manifestar mi esperanza objetiva y clara en la gente que está en etapa de formación y recuperable a lo largo y ancho del país. Tal vez lo que falta es hacia dónde conducir este sentimiento, hacer una catarsis y reencontrar la autovaloración que se necesita. Ejemplificando la realidad boliviana, el temor a la justicia, a la policía, a la oficina de derechos reales, a los medios de comunicación social, al sistema de salud y, últimamente, a la economía, entre otros, no son esos aspectos solamente los que se deben combatir.

Bolivia requiere una nueva hoja ruta, que conduzca al respeto de la constitución y al estado de derecho, a minimizar la corrupcion, a elaborar un plan estratégico de productividad y desarrollo.  El país necesita ingresar a la era de la tecnología de punta y, sin lugar a dudas, demanda otro tipo de estado, de gobierno y, sobre todo, de gente nueva.

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