Opinión

El Covid-19 cambió todo

William Herrera Áñez 10/5/2020 03:00

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El Covid-19 viene haciendo de las suyas en todo el mundo. El invisible virus no sólo ha complicado la salud y la vida de la población sino también la ceremonia de la muerte. El concepto de muerte ha variado a lo largo de la historia. En la antigüedad se consideraba que la muerte, como evento, tenía lugar cuando el corazón dejaba de latir y el ser vivo ya no respiraba. Con el avance de la ciencia, la muerte pasó a entenderse como un proceso que, a partir de un cierto momento, se vuelve irreversible. En la actualidad, una persona puede haber dejado de respirar por sus propios medios y, sin embargo, seguir con vida a través de un respirador artificial y mientras se logre hacer respirar hay vida.

Sin embargo, existe una concepción social y religiosa sobre la muerte. Se suele considerar a la muerte como la separación del cuerpo y el alma, y que implicaría el final de la vida física pero no de la existencia. La creencia en la reencarnación también es bastante común. En cualquier caso, a los que se hallan enfermos y sobre todo a los moribundos no les debe faltar el afecto de sus familiares, la atención de los médicos y el consuelo de sus amigos y seres queridos. Aquí reviste una importancia fundamental la ayuda que le proporciona la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna.   

La Iglesia Católica considera que la muerte es un momento realmente misterioso, un acontecimiento que es preciso rodear de afecto y respeto. Sin embargo, el Covid-19 ha distorsionado y pervertido todo, incluyendo el ritual de la muerte ya que los medios de comunicación han mostrado imágenes dantescas de féretros en las calles en algunos países, totalmente abandonados y lo peor es que tampoco permitían a sus familiares recoger esos cuerpos no sólo para honrarlos y compartir esos momentos altamente sensibles y únicos, sino además para proporcionarle una cristiana sepultura. 

No comparto el concepto civilista de que “la muerte pone fin a la personalidad” y que a partir de ese momento el cuerpo se convierte en una cosa sin valor alguno, ya que desde el punto de vista constitucional, el difunto tiene derecho a que se le proporcione una cristiana sepultura y sus familiares a compartir esos momentos trascendentes y cargados de significación espiritual. 

El artículo 11 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, establece que “toda persona tiene derecho al respeto de su honra y al reconocimiento de su dignidad”. Y el Tribunal Constitucional boliviano (SCP 2007/2013 de 13 de noviembre) ha establecido que la dignidad designa un conjunto de creencias, valores, normas e ideales que, de una manera u otra, asumen como postulado que hay un valor intrínseco o una condición especial de lo humano, lo que implica que hay una forma de existir superior que de hecho está viviendo la gente. Esta concepción debe ser matizada a la luz de la importancia que reviste la “muerte”, ya que la dignidad de la persona transciende a la “muerte” y a la memoria del difunto.

De ahí que históricamente, desde las diferentes culturas y religiones, se haya guardado respeto al cuerpo y establecido diferentes ritos, homenajes y ceremonias que forman parte del derecho a la libertad de espiritualidad, religión y culto, que puede expresarse en forma individual o colectiva, tanto en público como en privado. La muerte es un acontecimiento con una fuerte carga cultural que trasciende y recrea el simple fenómeno de la terminación de la vida. Desde tiempos inmemoriales los pueblos otorgan a la muerte un sentido metafísico. 

Sin embargo, el Covid-19 ha cambiado todo al extremo que impide a la familia, expresar íntimamente su dolor por la pérdida de un ser querido y realizar los actos que la costumbre y su religión mandan como el velatorio y el entierro del difunto, aspecto que lesiona el derecho a la dignidad y a la libertad de culto de los familiares.












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