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Sin sirenas de ambulancias ni ruido mediático, el Covid-19 ataca de nuevo con fuerza y se pasea muy cómodo en la incontrolable normalidad de calles llenas de viandantes, micros atestados de pasajeros, reuniones sociales numerosas, manifestaciones políticas de toda clase, oficinas llenas de trabajadores, que pese a su diversidad comparten algo en común: la mayoría ya no usa barbijos, no cuida la distancia social ni se asea las manos.

Estrecharse la mano o darse un abrazo de congratulación o reencuentro son otra vez hábitos cotidianos de la gente y hasta en el más alto nivel político: recuérdese las escenas de la transmisión de mando el domingo reciente, donde el presidente Luis Arce estrechó centenares de manos de personas que se le acercaban a felicitarle.

Si alguien tuviera que juzgar la situación de la pandemia solo en base a la observación del comportamiento de la gente, tendría que suponer que ya no hay riesgo de contagio, pero todos sabemos que no es así, que el Covid-19 no se ha ido y que se espera para los próximos días un rebrote masivo de casos, igual que está ocurriendo en España e Italia, donde tuvieron que volver a decretar medidas de alerta y confinamiento.

De hecho, las cifras al menos de Santa Cruz comienzan a mostrar una tendencia preocupante: ayer había 42 personas en unidades de terapia intensiva, de las cuales 38 estaban intubadas.

Si bien los datos oficiales de las autoridades departamentales de salud muestran que el número de casos reportados ha bajado, eso no significa que ha caído también el número de contagios reales, porque lo que está ocurriendo es que ahora las personas prefieren no reportar sus casos y tratan la enfermedad en casa, tomando los medicamentos conocidos.

Un integrante del Comité Científico de la Sociedad Boliviana de Medicina Crítica y Terapia Intensiva le dijo a EL DEBER que hay un cóctel de medicamentos que se ha popularizado, que se ofrecen en las farmacias y que incluso algunos municipios han repartido, a los que la gente recurre sin acudir a un centro sanitario o se trata con médicos que ofrecen servicios a domicilio, y esos casos no ingresan a la estadística oficial.

Y si bien la mayoría de los pacientes vencen la enfermedad sin mayores inconvenientes, los que ven agravada la situación de su salud llegan a los hospitales con cuadros complicados después de haber intentado de todo para curarse y no haberlo logrado. Por tanto, llegan muy tarde, y ya no se les puede dar terapia antiviral ni plasma fresco porque ya no es de utilidad. En esos casos, solo queda conectar al paciente a ventiladores mecánicos y muchos fallecen.

El indicador que demuestra que el peligro no ha pasado es que la tasa de letalidad por Covid-19 se ha triplicado en el departamento. En la primera semana epidemiológica de agosto se registró una tasa de letalidad del 3,6 por ciento y en el informe más reciente presentado al Comité de Emergencia Departamental (COED) se reportó una letalidad de 9,85 por ciento.

Datos departamentales recientes demuestran que el virus se propaga más entre los jóvenes, que son quienes menos cuidados tienen -asisten a reuniones sociales, no usan barbijos y descuidan en general las medidas de bioseguridad- y contagian a las personas de la tercera edad, que son las que más comprometen su salud y la mayor parte llega a fallecer. En pocas palabras, ellos mueren por el descuido de otros. Triste final.