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En el mes de Santa Cruz y cuando la región se apresta a conmemorar los 211 años de su grito independentista en el ya cercano 24 de septiembre, EL DEBER transita sus 68 años largos, serenos y maduros. Lo hace con el compromiso permanente de servicio a su comunidad cruceña y nacional a la que exclusivamente se debe y en la búsqueda insobornable de la verdad.

La historia del Decano de la prensa cruceña es la historia de Santa Cruz, de su ciudad capital con la que, casi al mismo tiempo, dio el salto a la modernidad que no podía seguir esperando por más tiempo. Es necesario remontarse a la década de los años 60 del siglo pasado cuando los cruceños ni siquiera contaban con los servicios básicos de agua potable, energía eléctrica permanente, alcantarillado y telefonía, entre otros. Unos servicios que los mismos cruceños implementaron por propia iniciativa y con sus propios recursos económicos ante el olvido ominoso y el desdén gratuito del centralismo.

Entonces EL DEBER era elaborado artesanalmente y por sus limitaciones y carencias técnicas circulaba “tarde, mal y nunca” por las calles del viejo campanario. La determinación en firme de sus sacrificados e infatigables mentores Pedro y Rosa que, con tal fin, recurrieron a préstamos bancarios que honraron puntualmente, permitió modernizar los obsoletos sistemas de impresión del periódico que, teniendo en su independencia y credibilidad como sus principales pilares, empezó a edificar el liderazgo sólido e indiscutible que hoy ostenta con legítimo orgullo. Son credenciales que, lejos de generar envanecimientos, demandan entrega y dedicación permanentes a su personal en diferentes áreas y secciones.

En más de medio siglo de existencia, EL DEBER ha presenciado inmutable la llegada al poder y el tránsito de más de una veintena de gobiernos de diferentes tendencias y/o lineamientos políticos. Entre los que surgieron por el democrático ejercicio del voto ciudadano en las urnas y también aquellos impulsados por sangrientos golpes de Estado para entronizar dictaduras férreas y oscuras, incluso comprometidas con la corrupción y el narcotráfico. En aquellos difíciles tiempos, esta casa periodística mantuvo el norte claramente marcado y la fidelidad con sus postulados.

Lo hizo sin hacer cálculo alguno ni medir riesgos que, por supuesto, los corrió por no inclinarse para reverenciar a los empoderados de turno. Por el contrario, redobló sus esfuerzos para transmitir las informaciones y opiniones que la ciudadanía necesitaba. Para seguir buscando la verdad con templanza y sin doblez. Sostenido en su credibilidad e independencia para responder a las exigencias de sus lectores a lo largo y ancho del país, como lo hizo entonces, como lo hace ahora y como lo seguirá haciendo invariablemente en el tiempo.

Son los referidos algunos matices de la sencilla pero bien aderezada historia de EL DEBER, un periódico hecho cada día como el buen pan, “con la voluntad de Dios y el esfuerzo de hombres (y mujeres) de buena fe para pueblos que no pueden vivir sin luz”.

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