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1 de enero de 2019, 4:00 AM
1 de enero de 2019, 4:00 AM

Desde que el MNR instituyó el voto universal mediante decreto ley del 21 de julio de 1952, el populacho se subió al corredor, según opinión de algunos nostálgicos partidarios del voto calificado y exclusivo de la clase dominante de la época. Y no es para menos, por cuanto los sectores sociales, entonces privados del derecho al voto por su condición de analfabetos y por carecer de bienes propios (campesinos, proletarios y gremiales incluidos), tomaron el control de la situación y hoy constituyen un factor real de poder despótico que concurren con candidatos propios a la formación de los poderes públicos. En palabras del escritor Tristán Marof, el voto ha sido “la parodia más cabal de democracia”.

Gracias al voto de los gremialistas de los mercados (porque de ellos se trata) sus dirigentes tienen asegurados a perpetuidad espacios en el Concejo Municipal y la Asamblea Legislativa Departamental, y parece que tienen presencia en el Comité Cívico, antiguo gobierno moral de los cruceños, por cuanto esta entidad guarda silencio institucional, hace mutis por el foro, ante el ‘avasallamiento’ del poder gremial, y del mismo modo proceden los dirigentes del oficialismo y de la oposición porque ambos sectores políticos se disputan el voto de los gremiales, y a estos les da igual ponerse la polera del Sí o del No, por cuanto está demostrado que los gremiales no tienen ideología, sino intereses económicos.

Pero en el proceso de cambio, con sello del MNR, no estaba previsto el desarrollo desmesurado del sector gremial, que para los cruceños son un verdadero dolor de cabeza para el que no existen paliativos. El rato menos pensado sacan a la calle todo su efectivo, con la consigna de resistirse al pago de impuestos “hasta las últimas consecuencias” o para exigir carta blanca para vender en las áreas verdes y aceras de la ciudad y dejarlas convertidas en urinario público; y, últimamente, boicotean el traslado de mercados (cooperados estrechamente por los transportistas, sus hermanos siameses) hacia mejores centros de expendio que han costado al municipio una millonada, porque, para ellos, la anarquía es mucho más redituable.

En cambio, sus congéneres del interior son más ordenados y no empuercan su ciudad porque es de ellos, mientras que a Santa Cruz hay que tratarla como tierra de nadie, a pesar de que aquí han hecho su agosto. Consiguientemente, no pasa de ser un falso eslogan aquello de que los collas son más cruceñistas que los cambas cuando gritan a todo pulmón: “¡Autonomía, carajo!”.

Tal vez el cruceño sea corresponsable de la situación por tolerarla, por carecer de la autoestima necesaria y por dejarse conducir como rebaño escuchando solo el tambor de los gremiales. De ahí que un elemental instinto de conservación imponga la necesidad de colocar en el fiel de la balanza el interés mercantilista de los gremiales y el del pueblo para ver cuál pesa más y cuál es el bien mayor que merece ser tutelado en primer lugar. Exigirles el cumplimiento de la ley es una pérdida de tiempo por cuanto ellos, al detentar el poder normativo, elaboran desde sus curules leyes a su conveniencia. Pero que nadie se sorprenda cuando los vecinos, haciendo uso del derecho de resistencia, se cansen de poner siempre la otra mejilla y le den a beber de su propia sopa, a ver si es lindo.

“Los límites del tirano –nos dice Stokeley Carmichael, luchador por los derechos humanos– están fijados por la paciencia de aquellos a quienes oprimen”. Esto quiere decir que, llegado el momento propicio, los vecinos pueden reaccionar y activar su contrapoder y ponerle freno definitivo a la arbitrariedad, porque paciencia tuvo Cristo y lo mataron, y se dice que los gremialistas estaban entre los magnicidas.

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