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El destino de Jeanine

Manfredo Kempff 29/4/2021 05:00

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No la conozco a la expresidente Jeanine Áñez. Jamás le he estrechado la mano. Y si me atrevo a mencionarla por su nombre es, simplemente, porque me sale así. Soy suficientemente mayor que ella como para que no se moleste y sé que no se va a incomodar.

No tengo ni idea qué sucedió aquel día o noche de fines de enero del año pasado, cuando Jeanine decidió candidatear a la Presidencia del Estado, en momentos en que las elecciones estaban fijadas para el mes de mayo, si no recuerdo mal. Pero cuando supe de su postulación por la televisión, sentí que la presidente se había extraviado. Como no podía ser de otro modo, escribí una nota lamentando el hecho, criticándola. Creí que cometió un grave error.

No sé si para entonces, los pequeños demonios de la política, ya la habían tentado con la posibilidad. Pero si hasta hoy no sabemos cómo fue que Jeanine tomó esa decisión lo sabremos pronto. Ignoramos si sucedió en el Palacio o en la residencia de San Jorge, donde, seguramente que rodeada de sus más fieles aliados y amigos, se decidió por el malhadado paso.

Decir que su candidatura se lanzaba para unir a la oposición en contra del MAS, fue un mal cálculo. ¿Quiénes la aconsejaron? Porque la postulación de Jeanine puso de inmediato en su contra a Carlos Mesa y a Luis Fernando Camacho. Y defraudó a muchos que aplaudían a la mujer valiente que se había atrevido a asumir el mando luego del grosero fraude de Evo Morales y de su precipitada huida a México, que quedará en los anales de la cobardía política en Bolivia.

A partir de ese momento la presidente perdió el respaldo de los aspirantes democráticos que estaban en carrera. El Gobierno se debilitó ipso facto. Unas semanas después llegó la peste china para completar el panorama incierto que acechaba a Bolivia. Y porque estaba de candidata, el tema de los respiradores se convirtió en una montaña. Y unos absurdos vuelos de su hija y otro de su ministro de la Presidencia, aparecieron como un inaudito abuso, olvidando los cientos de miles de kilómetros con que abusivamente viajó Morales y sus acompañantes durante 14 años. Fariseísmo puro.

Su popularidad se fue en picada, hasta rozar el 10%, y quedó a la vista que lo mejor era renunciar a la candidatura para no beneficiar al MAS. Lo hizo sin el menor problema, sin mostrar frustración, con una absoluta seguridad de que estaba haciendo lo que debía. Luego luchó, sin recursos económicos, contra la pandemia. Trató, por todos los medios de desmontar enconos y que hubiera paz en el país. Pero ya se habían liberado las iras del infierno y tuvo que pagar una a una cuanta factura se producía por algún acto sospechoso en su administración o por el mínimo error. El Gobierno que había nacido con tan buenos augurios, que hasta recibió el apoyo de los masistas resentidos con el fugado, se resquebrajó.

En unas elecciones donde no se pudo probar ningún favoritismo de su parte, venció la oposición masista encabezada por el señor Arce. Los partidos democráticos, olvidando quién era el adversario a batir, se pelearon entre ellos durante toda la campaña y perdieron sin objeción alguna. El esponjoso Arce asumió el mando, llegó Morales debidamente resguardado y se armó la conjura. Había que mentir y convencer que Morales no había hecho fraude en las elecciones del 2019 y que había sido derrocado por un golpe cívico-militar. ¿Quién podía ser la víctima propiciatoria para la gran farsa? A Mesa no se lo podía apresar. A Camacho no se lo iba a capturar estando en Santa Cruz. Entonces había que culpar a Jeanine, que estaba indefensa, de haber fraguado el golpe. Al mero estilo del MAS, procedieron a acusarla con algún mandadero iletrado que tuviera resonancia en la televisión. Secuestrarla y recluirla directo en la cárcel, lejos de su casa en el Beni. Lo mismo hicieron con los ministros que hallaron a mano, con militares y policías. Se repetía la vieja táctica del MAS.

La candidatura le ha costado a Jeanine el padecimiento por el que atraviesa porque entró a jugar en el terreno de los lobos. No le quedaron aliados ni amigos. Enferma, a merced de un médico carcelero porque ni su hija puede visitarla libremente, paga el precio de haber tenido el coraje de asumir su responsabilidad constitucional cuando el país estaba guillotinado. ¿Y los derechos humanos? ¿Y los organismos internacionales? No, eso es para los que provocaron desmanes en Senkata y Sacaba. Ella es culpable de un golpe y los alborotadores que querían hacer volar por los aires una parte de El Alto son demócratas y merecen toda consideración. Triste estado de la presidente, pero, aunque la justicia sigue obediente al poder masista y sus enjuagues, no podrá inculparla. Esos togados obedientes al mando saben que, si hubiera existido un golpe de Estado de verdad en 2019, ahora estarían muy lejos de sus pegas obtenidas en mala ley y muchos en el lugar donde Jeanine está hoy. No se está aplicando el debido proceso con la exmandataria, existe odio contra ella, y eso lo pagarán tarde o temprano sus carceleros.



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