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Afirma el dicho popular que cuando menos los esperas, cuando todo parece fluir en paz, cuando la mar está en calma o en los momentos más insospechados, la desgracia puede sorprender y destruir la armonía, como tsunami enloquecido, y llevar tragedia allí donde nadie se la esperaba. Para resumir ese ‘momentum’ de peligro agazapado se utiliza la expresión “el diablo no duerme”.

En el país, mientras gran parte de los ciudadanos cumplen con sacrificio una cuarentena de encierro, un grupo de pobladores bloquea militantemente el acceso al botadero de K’ara K’ara en Cochabamba y provocan con piedras y hondas a policías y militares; otro grupo bloquea la carretera Oruro-Sucre a la altura de la población de Macha, en el norte de Potosí; otros hacen petardazos y cacerolazos algunas noches de domingo en las ciudades.

Todos ellos tienen un denominador común: piden la renuncia de la presidenta Jeanine Áñez y en el camino quieren llevarse primero al ministro de Gobierno, Arturo Murillo, quien arrastrado por su personalidad y su incontinencia verbal suele caer en excesos en ocasiones autoritarios, pero que ha demostrado firmeza para frenar algunas acciones desestabilizadoras, lo que no gusta a aquellos grupos financiados que ven amenazada su actividad.

De todo eso sabe mucho un partido político que no logra conciliar el sueño desde hace seis meses y busca a cualquier precio el retorno de la impostura, la egolatría y el autoritarismo de 14 años.

K’ara K’ara, Macha y pertardazos son la evidencia de que el diablo no duerme. Y pese a que goza de todas la comodidades mobiliarias e inmobiliarias para disfrutar de un largo sueño sin hora de desayuno, no duerme. Pero no sólo no duerme, sino que además tiene 24 horas al día de no hacer absolutamente nada, ni siquiera preocuparse por cocinar –porque no sabe encender la cocina- para dedicarse exclusivamente a buscar cómo hacer reventar el país desde las áreas rurales y crear así las condiciones para retornar al poder en vuelo directo Buenos Aires-La Paz.

El diablo no duerme, y no tiene 24 horas, en realidad dispone de 48 horas/hombre al día, incluyendo al matemático, para hacer foquismo, utilizando la estrategia de la guerra de guerrillas de la que saben tanto, y sembrar focos rojos de conflicto en distintos lugares alejados de la geografía nacional, de manera que llegue un momento en que ni la Policía ni las Fuerzas Armadas tengan capacidad de controlar tales puntos de bloqueo-conflicto -violencia.

El diablo no duerme, lee noticias por celular las ‘48’ horas del día, reniega en mil idiomas porque otros utilizan ahora su palacio, sus aviones, sus dineros, y a distancia, maneja el joystick inalámbrico del conflicto; el diablo no duerme, se comunica y da instrucciones por Signal para no ser detectado.

Debe ser muy difícil acostumbrarse a vivir sin salir todos los días en la tele, que el canal del Estado no transmita en vivo sus partidos de fútbol de jugadas prefabricadas para que él haga el gol; debe ser muy difícil transportarse en vagonetas prestadas del gobierno argentino y no en helicópteros con rutas de apenas 25 cuadras; tiene que ser atormentador no sentirse más el mesías de una nación que ya consideraba, en propiedad, como suya.

El diablo no duerme, pero el gobierno transitorio también le da motivos de aliento al insomne cada vez que comete gruesos errores en nombramientos que acaban muy pronto por tempraneras sombras de corrupción; cada vez que hace una designación o un retiro y en pocas horas se arrepiente y trata de volver atrás; cada vez que decreta una medida y a los tres días la deroga; cada día que pasa sin haber vendido –como anunció- el avión presidencial Falcon 900 que costó 38,7 millones de dólares, emblema del personalismo y derroche, con cuyos recursos se podría comprar al menos 970 respiradores de los buenos, para unidades de terapia intensiva, y así salvar miles de vidas de bolivianos durante esta pandemia.

El diablo no duerme y el gobierno de Jeanine Áñez le da charla en las noches cada vez que ella actúa más como candidata que como presidenta, cada vez que se engolosina con el poder y olvida que esta es una gestión transitoria cuya única misión es conducir el país hacia unas elecciones que permitan entregar el mando por cinco años a quien el voto del pueblo elija en las urnas.

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