Opinión

El diálogo en Bolivia y los kemeres rojos de visita oficial

31/5/2020 03:00

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Diego Ayo, politólogo y docente universitario

Recuerdo mis reflexiones universitarias en torno a la noción de diálogo. Esta palabrita resultaba ser la poción mágica para convertirte en superhéroe. Te atacaba la oposición y tu cantinfleada usual reaparecía vigorosa: “vamos a buscar concertar, por favor no se preocupen”. Ajá, claro que sí: tras decir que concertarías, ordenabas a tus militares aproximarse a la sede de los dialogantes para apresarlos y hacerlos dialogar en sus respectivas celdas. ¿Verdad? Verdad, si en discurso, es decir, hablando y volviendo a hablar, sus impulsores aparecían como promotores enfáticos y convencidos de la pertinencia del diálogo. ¿Ejemplos? Cientos y miles, aunque seguramente el que mayor repulsión me causa es el tenor dialogante de Pol Pot, líder de los Kemeres Rojos. Este caballero asesinó a un tercio de los habitantes de Camboya endulzando en sus labios la palabra “comunismo”. Claro, así fue: el guerrillero se limpió a miles de sus compatriotas, abanderado de una consigna: “vamos a crear la democracia más sólida del Asia, y en ella, todos podrán opinar y dialogar”. 

Esta proeza llevó a algunos politólogos a entender que el diálogo concebido bajo esa lógica fue decorativo. Absolutamente ornamental. Embellece a sus hablantes, tan preocupados por aproximarse a entender al vecino, al otro, al diferente. ¿Cierto? Falso, completamente falso. No tengo datos que confirmen mi hipótesis, pero puedo estar seguro que estos reclamadores del diálogo no buscaron ligarse al vecino, al otro, al diferente. 

¿Sucede lo propio en el país? Sí. Pululan los dialogantes quienes se ensañan contra el gobierno criticando que “no oyó sus reiterativas propuestas de diálogo”. ¿Estoy insinuando que estos candidatos, campañólogos y demás militantes y no militantes buscaron promover el diálogo y éste no fue escuchado por un gobierno sordo? No, no lo estoy insinuando. Todo lo contrario: los mascullantes a favor del diálogo son una legión. Los dialogadores que no dialogaron tanto a lo largo de catorce años, se sumergen hoy a esta piscina de la deliberación, el debate y, valga redundar, el diálogo. ¿Les creemos? No, en principio no, pero podríamos creerles. ¿Cómo? Si nos dieran a conocer su enfoque dialógico, claro que les creeríamos. Si nos dijeran en qué consiste el diálogo propuesto, les creeríamos. Ya lo dije: los kemeres se perfilaban discursivamente como los dialogadores por excelencia. O sea: los ladrones hablando de transparencia y los golpeadores de mujeres hablando de la hermosura del matrimonio. 

Hoy tenemos a estos “amigos de lo ajeno” o a estos machistas de pecho regodearse con el término de platea: diálogo. ¿Sí? Claro que sí. Me atreví a preguntarle a uno de sus más destacados miembros que me entregara, por favor, la propuesta de diálogo de Carlos Mesa. Me parecía imprescindible leerla. El objetivo era simple: observar qué tipo de diálogo proponían, quiénes estarían presentes, cuántos días se estimaba necesario llevar a cabo y, sobre todo, qué solución conjunta se daría al país para salir de este atolladero. No hubo respuesta ni propuesta. No la hubo. ¿Fue mentira? Parece que sí. Y, la pregunta más relevante, ¿habrá propuesta de diálogo? No, mejor acusar al gobierno de no querer conversar y lucrar políticamente con este dato: “que renuncie Jeanine”, y si lo hace pasamos del 17 por ciento en el que nos hemos estancado a un 35 por ciento. ¿Pero y el diálogo? Repito, no hay y dudo que haya habido la intención de que haya. Mejor hundir a la señora candidata, repetir hasta el hartazgo que “todo es caos” y beneficiarse del bipartidismo competitivo en ciernes: o el MAS o nosotros.

¿Digo esto porque soy militante jeaninista (espero que se escriba así)? No, no lo soy ni nunca lo he sido. Lo digo porque soy boliviano y creo en la necesidad de buscar una salida viable y nacional y no una salida viable y fragmentada. Hoy los caminos divergen: el gobierno insiste en su solipsismo, Mesa reitera polpoteanamente su capacidad de diálogo y machaca contra “los corruptos”, Tuto, un hombre correcto e inteligente, acude al guion pro-corrupción y Camacho goza, cada que aparece, con los errores en las filas de gobierno. Significa ello, por tanto, ¿que no se debe hablar de corrupción y apañar al gobierno? Claro que no, todo lo contrario: hay que mostrar un rostro distinto al rostro corrupto que lució el MAS con el Fondo Indígena, la Camce y un larguísimo etcétera sobre la espalda. ¿Qué significa entonces esta reflexión? Mi crítica al oportunismo individualista. No hay una Bolivia, hay partículas desperdigadas buscando su oasis. Hay kemeres sueltos llenándose la boca con la palabreja sexy del momento: diálogo. ¿Mi pronóstico? El diálogo se diluye y diluirá. Bolivia retorna, y lo va a hacer, al año 1978 y al año 2000: con violencia, ambición y, sobre todo, esa solemne inteligencia discursiva tan dialogante. Vaya que sí.