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El domingo pasado se realizaron las elecciones presidenciales en Chile y el triunfador absoluto fue el izquierdista Gabriel Boric sobre el derechista José Antonio Kast. Los resultados de los comicios se conocieron unas pocas horas luego de cerradas las mesas electorales y los chilenos se informaron que Boric había triunfado claramente. Hubo algarabía entre los vencedores y con seguridad que decepción en quienes resultaron derrotados.

Kast reconoció el triunfo de su adversario en cuanto le pareció que su suerte estaba echada y llamó a sus partidarios a la mesura, invocando a la unidad de todos los chilenos y ofreciendo su respaldo al presidente electo para que su nación supere la crisis que la agobia. Por supuesto que habló con Boric, telefónicamente, para felicitarlo. Y el vencedor, Gabriel Boric, más tarde, se dirigió al país, alegre por su victoria, también invocando a la unidad y sin amenazar a nadie.

El actual presidente, Sebastián Piñera, no solo que se dirigió a la nación para anunciar los resultados de la jornada dominical, sino que el lunes recibió en La Moneda a Gabriel Boric, su sucesor. Hay que tomar en consideración, que las diferencias ideológicas en Chile, están en su punto más alto desde las épocas del general Pinochet, con tremendos enfrentamientos que han llegado a producir caos en las calles, pero, sin embargo, no se ha conocido, hasta hoy, que hubiera denuncias de fraude (no corre el sistema venezolano) ni que uno solo de los ciudadanos haya sido atropellado en sus derechos humanos como consecuencia de las justas electorales.

Es la diferencia que tenemos con Chile, desde siempre. Mal que nos pese reconocer, es una desigualdad cultural muy grande. No conocemos el civismo sino cuando cantamos el himno nacional o cuando entonamos las estrofas de la Marcha al Mar. O en nuestras fiestas departamentales (en Chile no se celebran) cuando nos posee una locura de amor por la tierra, por la patria chica, que estaría muy bien si fuera permanente y no solo el enajenamiento de un día o de una semana.

Chile vivió una dictadura de verdad con Pinochet, pero luego la democracia ha sido intachable en su procedimiento, al margen de que existieran gobiernos buenos o malos. Nosotros pasamos de las dictaduras militares a una democracia enclenque, no por nuestro rechazo al sistema, sino por nuestra desconfianza en quienes lo administran. Desde que tengo memoria, hace ya mucho tiempo, no dejó de hablarse de fraude en Bolivia; pero, es más, siempre se hizo trampa con los sufragios. Desde las colosales e imbatibles victorias de la papeleta rosada movimientista, hasta el sucio fraude de Evo Morales, calculado al milímetro, el anteaño pasado.

En esas condiciones, ¿cómo se van a felicitar los contendores? ¿Si todos se sienten engañados por quien manejó los escrutinios? Curiosamente, sin embargo, en las únicas elecciones aparentemente limpias de los últimos años, en la que resultó vencedor Luis Arce Catacora, en vez de que se produjera un ambiente de paz tan necesario, el ganador, desde su inicio, lanzó terribles amenazas y anuncios de revancha contra sus opositores y contra el Gobierno que le había permitido vencer cómodamente. Y las está cumpliendo.

¿Qué sucedería en Chile si mañana Boric encarcelara a Piñera y se lanzara a la caza de Kast para encerrarlo también? Ningún chileno aceptaría que se atropelle de ese modo el sistema democrático. Se sublevarían sus propios partidarios, repudiando algo propio de las cavernas. ¿Cómo ha sido posible que Arce haya hecho prisionera, haya ordenado su secuestro a media noche, de la ex presidente constitucional Jeanine Añez, que dio paso a su amplio triunfo electoral? ¿Es posible aceptar semejante grosería y barbaridad?

Para los chilenos esta Navidad será tranquila, en paz, más feliz para unos que para otros, naturalmente. En Bolivia también habrá algunos más felices que otros, pero entre esos otros estará la exmandataria Jeanine Añez, encerrada en una celda producto de una venganza que no se entiende, ultrajada, amenazada de ser enviada a los calabozos comunes donde rumian su suerte los delincuentes, donde está latente el peligro. Esa es una espina que toda la gente de bien tiene clavada hondamente.

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