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El eterno retorno…

Carlos Hugo Molina 29/12/2020 05:00

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Sea desde la visión occidental de la destrucción de todo para volver a empezar y reconciliarnos con la vida, o desde la filosofía oriental de retornar para perfeccionar y trascender, Nietzsche combina el pasado, el futuro y el instante como parte del tiempo eterno. Este enunciado tiene una aproximación material que nos puede ayudar a explicar lo que estamos viviendo, en el mundo en general y en Bolivia, en particular.

Desde marzo del año 2020 del calendario Gregoriano, el planeta Tierra entró en una pausa activa. Puede decirse que nadie está haciendo lo que siempre hizo pues así lo fuese en un encierro absoluto, imposible, el conjunto de los terrícolas nos estamos viendo avasallados por la vida que adquiere otro ritmo condicionando nuestra conducta.

Desde el que se impone con una cuarentena radical que limita el libre tránsito, hasta la reducción de las emisiones de carbono y la vuelta a una forma de vida en naturaleza. Parece que el oxígeno está volviendo a ser oxígeno y el reino animal y vegetal, están recibiendo un merecido descanso. Lo llamativo del Covid-19 es que la afectación primera que sufre el contagiado es sobre la capacidad de respiración y el funcionamiento de los pulmones humanos…
La dinámica cotidiana ha cambiado radicalmente. Debimos aprender un protocolo básico de distancia social, utilizar barbijo, lavarnos las manos, no realizar ni recibir visitas para no incurrir en riesgos, y la autonomía de la voluntad ha dado paso a procedimientos que enrarecen nuestra independencia y la construcción societaria basada en relaciones y afectos físicos.

Esta situación llega también al debate de la soberanía tradicional de los estados que se encuentra en el mismo entredicho.
Este nuevo modo de mantener nuestra calidad de humanos con semejante ruptura, se ve aparejado por los instrumentos de la conectividad que debiera permitirnos hacer todo desde nuestra casa, ligados a una computadora o un celular; para comprar o vender, producir o trabajar, gestionar trámites públicos o privados, adquirir educación y salud, comunicarnos…

Esa secuencia, que encontró en falta a todos los terrícolas y que en nuestra infinita soberbia no pensamos que viviríamos nunca, ha dejado en evidencia en el caso de Bolivia una dimensión política y social de condiciones particulares. Luego de los acontecimientos de octubre y noviembre y el advenimiento a un nuevo orden político el año 2019, la aparición de la pandemia radicalizó la prueba y marcó la vida del gobierno que tenía a su cargo una transición y unas elecciones.

En medio de la viralidad, el contagio, el colapso médico, la crisis económica y del trabajo, y de confusas campañas electorales, pareciera que el eterno retorno vuelve con los mismos actores a hacerse cargo de unas respuestas que al gobierno de la presidente Áñez le fueron negadas.

El MAS hizo cuanto debía para ser nuevamente gobierno el año 2020, esta vez con una pandemia a cuesta y una historia reciente de críticas que están frescas en las noticias de hace un par de meses y que pronto volverán a la memoria de los reproches. Filosóficamente, el eterno retorno en ningún caso es para volver a lo mismo y para hacer lo mismo. Si así fuese, no se cumpliría la condición de construir desde las ruinas un nuevo orden, o de mejorar para superar el karma, como pecado o como aprendizaje de la lección.

El año 2021 será dramáticamente augural… están sobre la mesa las piezas del rompecabezas, con la ventaja que en este caminar estamos todos los habitantes del planeta y como nunca, somos débiles, interdependientes y necesitados. Pretender hacer más de la mismo, podría ser crónica de una muerte anunciada que no nos merecemos.



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