18 de noviembre de 2023, 7:00 AM
18 de noviembre de 2023, 7:00 AM

Las llamas imparables sobre su territorio marcan el 181 aniversario del departamento de Beni. La alegría es reemplazada por la angustia de los pobladores que ven cómo los incendios forestales se acercan a las comunidades, amenazan a las viviendas y a sus habitantes. Triste efeméride la de esta vecina región.

El territorio de Beni es el segundo más grande del país. Tiene 213.564 kilómetros cuadrados; sin embargo, tiene baja densidad poblacional. Cuenta con una inmensa riqueza en recursos naturales: flora y fauna. Se estima que alberga al 58% de la fauna silvestre de toda Bolivia, con más de 700 especies registradas; mientras que cuenta con más de 3.000 especies de plantas.
Según proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE) tiene alrededor de 500.000 habitantes y no es uno de los departamentos más poblados de Bolivia. Hasta hace poco, era una región incomunicada por la falta de vías camineras en buen estado. Ahora tiene dos carreteras principales, una que comunica con Santa Cruz y la otra con La Paz.

Según los datos del INE, la mayor riqueza exportadora de Beni es el oro, seguida por la ganadería y la actividad agrícola.

El contexto de las cifras pretende mostrar la riqueza y el potencial de este departamento; sin embargo, su desarrollo ha sido relegado por un gobierno tras otro, al extremo de que miles de jóvenes aún ahora se ven obligados a migrar a capitales más grandes como La Paz y Santa Cruz porque en su tierra no hallan oportunidades de estudio y después trabajo que impliquen progreso.

En este momento, la riqueza en flora y fauna está siendo arrasada por las llamas; mientras que ha habido autoridades nacionales que, con miopía o desconocimiento, se atrevieron a decir que el incendio de casas de motacú no era de gravedad, sin tomar en cuenta que hay muchas comunidades pobres e indígenas que construyen sus viviendas con esos materiales, diferentes por supuesto de los que se usan en tierras altas o en las grandes capitales del país.

La falta de atención a Beni también se vio reflejada durante la pandemia, cuando miles de personas morían hasta en las calles por falta de atención oportuna y adecuada en los hospitales. Y, años después, un soñado puente binacional (para unir Guayaramerín con Guayará Mirim) estuvo a punto de no concretarse porque desde el centralismo pretendieron imponer unas condiciones que no eran compartidas con el gobierno de Brasil (financiador de la obra).

Los incendios son casi habituales en Beni; seguidos por inundaciones. Así, año tras año, los habitantes resignados aprendieron a sobrevivir entre el fuego y el agua, casi silenciosamente. Así también, en la capital y otras ciudades benianas están acostumbrados al racionamiento de agua y el insuficiente alcantarillado sanitario; entre otras tantas necesidades que deberían ser resueltas por todos los niveles gubernamentales.

Hace pocos días, la Gobernación de Beni declaró estado de desastre porque ya no tenía recursos para atender las emergencias por el fuego y la sequía. Varios municipios están en las mismas condiciones. Y en las comunidades más alejadas, los pobladores (gran parte indígenas de tierras bajas) gritan desesperados que ya no dan más, que sus fuerzas y los recursos se agotan mientras las llamas crecen como aterradores monstruos.

Corresponde entonces hacer un alto en el camino y dotar a los benianos de todo lo que necesitan. Ellos aportan al país con su esfuerzo, su nobleza y su coraje. Es importante que dejen de ser vistos como simples votos cada cuatro años y que se haga un plan de desarrollo para que brille todo el potencial de esta tierra hermosa.

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