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Han pasado cinco meses y seis días desde que se dispuso la cuarentena, desde que se paró la economía y desde que cambió la vida para los bolivianos. Desde entonces han sido muchas malas noticias las que se ha tenido que enfrentar, todas relacionadas con la pobreza, la falta de empleo, la precaria salud, con matices de corrupción, de escándalo político y de agresiones entre candidatos y fuerzas partidarias. La ciudadanía mira estupefacta todo ese movimiento, mientras piensa acerca del futuro del que no se habla. El horizonte es incierto y, por ahora, son tímidas las iniciativas para asumir responsabilidad sobre él.

El confinamiento paralizó todo. De un momento a otro, millones de bolivianos quedaron sin ingresos, dejando ver la peor cara de la informalidad de la economía (siete de cada 10 actividades se desarrollan en negro en nuestro país). Los bonos ayudaron a paliar esa situación, pero el aporte es momentáneo y no resuelve el tema de fondo. La crisis golpeó a las empresas y eso ha repercutido en un bajón de ingresos para empleados y empleadores, así como en la pérdida de fuentes de trabajo que son imposibles de sostener por la misma situación financiera.

El Banco Central de Bolivia ha proyectado una contracción del 6,2% de la economía y los expertos anticipan que la salida del mal momento no será a corto plazo; se extenderá aún más si no hay planes adecuados para salir de ella.

Sin embargo, uno, dos o tres bonos, se llamen como se llamen, son solo paliativos en una realidad muy cruda y desesperanzadora. A ello se suma la ley del diferimiento de créditos bancarios, que es positiva sin duda, teniendo en cuenta que la salud del sistema financiero permite soportar esas prórrogas.

El problema es cómo encarar el futuro. Qué acciones tomar mirando el horizonte, no para soportar la crisis, sino para salir de ella. Este momento puede ser una oportunidad o una pesadilla. En el primer caso, es preciso sincerar la economía, formalizarla, dar garantías jurídicas para atraer inversiones, eliminar los complicados trámites y dejar de ver una confrontación entre lo público y lo privado, entre el obrero y el empleador. La realidad actual demanda cambiar leyes y hacer reformas estructurales.

¿Qué planes hay para reactivar la economía? ¿Se va a mantener el mismo modelo económico con una fuerte participación del Estado? Obviamente, ya no es posible sostener empresas públicas deficitarias ni dar lugar a que sigan aumentando los empleos en ministerios a costa del erario nacional.

Nada de eso está siendo debatido en este momento. Bolivia está a menos de dos meses de elecciones nacionales y muy poco se sabe de los planes de gobierno de los candidatos. Quizás sea necesaria una cumbre política, con un profundo debate, para arrancar compromisos, independientemente de quién salga ganador.

Bolivia está en el peor momento económico de los últimos tiempos y demanda acciones urgentes. Si es imposible que los candidatos se pongan de acuerdo para sentarse a discutir sobre esta problemática, será bueno que organizaciones de la sociedad, como los empresarios privados, las organizaciones de análisis económico y social, las instituciones que aglutinan a los trabajadores, los colegios de profesionales y tantas otras entidades sean las que tomen la iniciativa y avancen en este cometido.

Éste no es un proceso eleccionario común. Demanda esfuerzos extraordinarios para que la esperanza en la próxima elección sea colmada por quien resulte ganador.