Opinión

El Gran Hermano que todo lo ve

El Deber 17/7/2019 21:47

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Cuando en 1948 George Orwell creó la ilusión del ‘Gran Hermano’ que lo vigila todo, incluso en la privacidad de las personas de una sociedad controlada por pantallas instaladas en ambientes públicos y privados, no sabía que aquello que para él era ficción se convertiría en una extendida realidad en las sociedades del nuevo siglo. No con pantallas, sino con el otro extremo del hilo: cámaras inofensivas que lo ven todo, incluso lo que algunos quisieran ocultar.

Esa tecnología, en principio muy costosa, más tarde estaría al alcance de todos, incluso de las economías menos favorecidas. Así, en las grandes ciudades del mundo hoy prácticamente no es posible imaginar un hecho de violencia o accidente de ruta que se produzca sin que quede registrado en alguna cámara de vigilancia. El Gran Hermano tiene ahora los ojos puestos en millones de puntos del planeta a través de minúsculas cámaras que lo ven y graban todo.

En Santa Cruz de la Sierra, la Felcn sabe que en siete de cada diez casos de delincuencia se descubre a los autores de delitos gracias a las cámaras de seguridad. La estadística no registra el número de casos de delincuencia que no se cometen por la presencia silenciosa, pero disuasiva de cámaras de vigilancia en domicilios, instituciones o locales comerciales.

Dice el comandante de esa unidad policial que en Santa Cruz al menos el 30% de las viviendas cruceñas tienen instalados tales sistemas de seguridad. En tanto, y según informes del secretario de Seguridad Ciudadana de la Gobernación, son al menos 416 los puntos de videovigilancia instalados con aportes de los gobiernos nacional, departamental y local. Todos ellos son controlados por personal policial.

Lo curioso del caso es que, según esa misma autoridad departamental, a escala nacional se estimaba hace seis meses que el 80% de las cámaras no funcionaba por falta de mantenimiento. De esa afirmación se podría deducir que, una vez instalados, los equipos de seguridad probablemente no merecieron la atención de quienes los utilizan. Como todo equipo, y más en este caso donde las instalaciones son físicas e implican el tendido de extensos y frágiles cableados, hacen falta trabajos de mantenimiento para poner a trabajar a ese 80% de ojos tecnológicos ahora “cerrados”.

Las autoridades policiales, conscientes de la importancia de contar con estos sistemas de ayuda a su trabajo de investigación, debieran promover una mayor integración tecnológica a sus diarias tareas no solo para hacer más efectiva su labor de lucha contra el crimen, sino también para hacer más transparente su trabajo y así comenzar a cambiar la muy deteriorada imagen de la institución policial.

Las cámaras de seguridad no solo servirían para disuadir a los delincuentes a cometer delitos, sino paradójicamente también a los propios efectivos uniformados, muchos de los cuales, bien se sabe, están inmersos en insondables mares de corrupción.

Y mientras la Policía se toma su tiempo para iniciar en algún momento ese largo proceso de saneamiento de su enlodada imagen, la ciudad necesita más cámaras de videovigilancia. La profecía de Orwell estaría esta vez al servicio de la seguridad ciudadana y no del totalitarismo, como ocurría en su célebre novela 1984.

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