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26 de marzo de 2017, 4:00 AM
26 de marzo de 2017, 4:00 AM

Contagiada del sentimiento boliviano de retornar al océano Pacífico con soberanía, Macacha, mi corresponsal en el palacio real de la plaza Murillo, empezó a atribuir al presidente vitalicio en ser el abanderado de tan noble aspiración, lo que me obligó a poner las cosas en su lugar reconociendo que él utilizó su momento para demandar a Chile ante la Corte Internacional de La Haya.

No siendo su fuerte el conocimiento pormenorizado de nuestra historia, me preguntó quién era Eduardo Abaroa y qué había dicho antes de ser victimado por los chilenos invasores. Aproveché el momento para decirle que el mencionado héroe era un ciudadano común y corriente que afrontó la muerte con la naturalidad de los grandes hombres, pues encarándose a los enemigos lanzó su grito histórico y sublime: “¡Rendirme yo, que se rinda su abuela… carajo!”.

Al escuchar de mis labios siempre moderados la interjección, ella se sorprendió preguntándome si esa frase es enseñada a nuestros niños, respondiéndole con seguridad que sí, lo cual ruborizó la tez morena de la cholita cochabambina nacida en Quillacollo, donde las mujeres son más púdicas en su hablar. La novel periodista me preguntó si yo lanzaba carajazos cuando estoy irritado o cuando quiero mostrarme tal como soy al describir situaciones extremas, a lo que respondí: “Más vale un carajazo a tiempo que mil razones expresadas con delicadeza, tal como sucedió en ese momento, que no tiene parangón en nuestra historia donde los patriotas de fachada predican: ‘Más vale una retirada a tiempo que una derrota vergonzosa’, que posiblemente sea pronunciada por los falsos héroes de nuestra política actual”. 

Iba a dar por concluida esta columna cuando la púdica cholita me dijo: “Parece que ahora los carajazos solo sirven para ocasiones muy contadas en el vocabulario de la actualidad, se llaman ‘ampliados’, ‘cumbres’ y ‘asambleas’ cuando se juntan los íntimos del poder con las organizaciones sociales, de las cuales participa el vicepresidente Álvaro García Linera o el exministro de la Presidencia Juan Ramón Quintana, que no gustan carajear en público, pero lo hacen cuando no los oye la prensa” 

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