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Después de una semana de Nobeles reconocimientos, el viernes se dio a conocer uno de los más esperados del galardón sueco iniciado en 1901, el Premio Nobel de la Paz. Esperado por muchos en un momento crucial de la humanidad y a pesar de los candidatos que sonaban, no fue para una persona, ni para una institución, sino para un programa de acción. Golpeados por la pandemia, azotados por el hundimiento de las economías, el hambre es el común denominador en estos tiempos. Es así que con atinado criterio el Programa Mundial de Alimentos (PMA) se llevó el Nobel de la Paz. Organismo dependiente de Naciones Unidas que distribuye alimentos en el mundo a los más necesitados, sobre todo en situaciones de desastres naturales y guerras. Hoy las cifras del hambre son alarmantes. El organismo es financiado por aportantes voluntarios y cuenta con 17.000 empleados en todo el mundo. Su director ejecutivo, David Beasley, sostiene que la guerra es causa y consecuencia del hambre. Para él la única manera de terminar con el hambre es poner fin a los conflictos. Seguramente la industria armamentística y quienes le rinden culto no estarán de acuerdo con estas declaraciones tan humanitarias.

Para dimensionar el problema, la agencia de la ONU distribuyó 15.000 millones de raciones de comida y ayudó a 97 millones de personas en 88 países el año pasado.

Pero a la boca del mundo le falta mucho más. En julio del año anterior 820 millones de personas pasaban hambre en el mundo y 2.000 millones de personas estaban amenazados por la misma situación. 

¿Pero cómo se distribuye el hambre en el mundo? El 55,4% está en Asia; el 36,4% en África; el 6,9% en Latinoamérica y el Caribe; y el 1,3% en otros.
La pandemia lo complicó todo y si había crisis, ahora se acentuó. Recientes informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indican que para finales de 2020 el Covid-19 podría empujar a entre 80 y 130 millones de personas al hambre en el planeta.

Cuando Naciones Unidas estableció los “Objetivos del Milenio”, cuyo objetivo mayúsculo era erradicar el hambre en el mundo en 2030, no cabía imaginar una pandemia ni las crisis políticas y económicas que se sufren en el planeta. Una meta loable, pero imposible de cumplirse. Hoy se estima que para dentro de 10 años, más de 890 millones de personas podrían verse afectados por el hambre, es decir el 9,8% de la población mundial.

Mientras más levantamos la mirada, las perspectivas nos hacen apretar los ojos. Organismos internacionales especializados revelan que 52 de los 650 millones de personas que vivimos en esta parte del planeta dejarían de pertenecer a la clase media y pasarían a la clase baja, es decir, a estar debajo de la línea de pobreza, que vive con menos de 2 dólares diarios. A finales de este año habrá 40 millones de ciudadanos desempleados. En parte se explica porque cinco de los diez países de la Tierra más contagiados por el Covid-19 son de esta parte continental (Brasil, México, Argentina, Perú y Colombia). La proyección para América Latina y el Caribe es que la inseguridad alimentaria aumenta a tal velocidad que podría alcanzar a un 9,5% de la población en 2030.
En Bolivia el Instituto Nacional de Estadística (INE) dio cuenta que, en 2018, el 34,6% de la población sufría pobreza y que en los últimos meses ha crecido a un 39,9%. Los países de la región sufren las mismas tendencias. Las preocupantes amenazas a la inseguridad alimentaria son hechos neurálgicos en cada país y es donde, quienes deciden las políticas de cada Estado, debieran aplicar mayores energías. 

Hoy los conflictos políticos que se acentuaron en la región parecen dar la razón al reciente Premio Nobel de la Paz. "Si no actuamos ahora, vamos a tener hambrunas de proporciones bíblicas", dijo Beasley. No solo con alimentos acabaremos con el hambre, sino evitando los conflictos propios, ajenos, inducidos o creados, entendiendo que únicamente la vía pacífica nos conducirá a mejores días.