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El imperio de la posverdad

Renzo Abruzzese 6/4/2021 05:00

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Asistimos perplejos la muerte súbita de la moral pública, de la honestidad política, de la imagen respetada y de todas las formas en que hasta no hace mucho los humanos reconocíamos los signos de la certeza, las señas de que algo o alguien infundían confianza. Asistimos el imperio de la posverdad.

Bajo el denominativo de posverdad lo único que encontramos es el límite inferior de la degradación humana. Se ha envilecido de tal forma el discurso y ha descendido a niveles tan bajos que ya casi no interesa si lo que el presidente nos diga tiene algún asidero en la realidad, nos es indiferente porque el propio discurso político presidencial se ha transformado en una posverdad irreversible.

Por un medio de circulación nacional (EL DEBER) nos enteramos que el presidente Luis Arce Catacora había dicho que “la señora Áñez en la cárcel escribe cartas, escribe Twitter, escribe todo. Recibe periodistas, recibe a su familia, recibe todo y nadie le dice nada”. Es altamente posible que la exmandataria pueda escribir lo que afirma el mandatario, tanto como es evidente que recibe diariamente a su familia que le lleva la dieta recomendada, es, sin embargo, poco probable que nadie le diga nada bajo el férreo control de una cárcel pública, de cualquier manera el truco reside en decir lo que se puede ver y ocultar lo que esconde el sistema y el objetivo que persigue, porque ya no importa si puede o no escribir, hablar o leer, lo que importa es la intangible presencia del acto represor. Para que esto no se deslice y la gente lo perciba, el presidente Arce se curaba en sano: “Nosotros sí respetamos el debido proceso y los DDHH”. Esta última aseveración delata el contenido de lo que quiere encubrir; la naturaleza represiva de ese acto inconstitucional. Así funciona la posverdad.

Notemos que nada de lo mencionado tendría importancia o sería digno de una declaración presidencial, si no se tratara de una opositora, mujer y exmandataria. La posverdad no destruye por lo que se ve, sino por la intención del que la construye. En los hechos, lo importante es que la víctima sienta el peso del escarmiento y el ciudadano, la sombra de la represión. Por esta vía cualquier preso político puede leer, escribir, tuitear, gritar, dormir, comer o reír, al fin y al cabo, no hay ley que se lo prohíba. Lo que importa es que a pesar de todo, ese preso político esté aniquilado y que el resto de la ciudadanía así lo comprenda, aunque el carcelero pruebe fehacientemente que la víctima puede leer, escribir, tuitear, gritar, dormir, comer o reír las veces que quiera.

Si alguien se pasara el trabajo de verificar todo lo que se tiene que hacer para que la exmandataria reciba un médico que no sea alfil del Gobierno, o pueda hacerse un examen laboratorial de sangre a cambio de ya no poder ver a sus hijos, o escribir en una hoja de papel, como Gramsci cuando Mussolini lo encarceló por pensar diferente, quizá nos invada la tentación de relacionar la calidad humana de un mentiroso con la realidad desgarradora de un preso político.

A este punto la posverdad puede tomar perfiles alarmantes y claramente objetivos, como decir a la ciudadanía que se “invitó” a declarar al hijo de un ministro perseguido para indagar su paradero, cuando en realidad se trataba de chantajearlo al mejor estilo de un gorila golpista como García Meza. Esta es una variante de la posverdad que la jerga popular la conoce como dictadura.

Sin embargo, en la política como en la vida, la mayor parte de las falsedades solo producen falsedades. Que un eventualmente poderoso juegue a la posverdad no lo hace mejor político, en realidad lo pone en la misma rasante de un tirano, o en el mejor caso, de uno más del montón. Tampoco lo hace mejor persona, lo disminuye al punto de ser considerado un sujeto poco confiable, tal como podría ser, por ejemplo, un exconvicto por delitos penales, y menos aún un mejor ciudadano, porque pasa de mentiroso y la experiencia nos ha enseñado que el que miente es porque algo se trae, como con Evo que juraba que quería irse a su chaco a cultivar coquita y ordenó matar de hambre una ciudad entera. En fin, lo cierto es que la posverdad es la segunda pandemia nacional. Lo grave es que no tiene vacuna.



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