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29 de abril de 2018, 4:00 AM
29 de abril de 2018, 4:00 AM

Cuando no se puede a gritos, con voces de mando,  y a empellones, entonces nos toca escuchar las quejas, los reproches y las amenazas musitadas entre los dientes. Tal es la tónica comunicativa entre la cabeza del Estado y la sociedad, cuando el supremo encuentra obstáculos a su voluntad y sus planes.

El último ejemplo es esa mezcla de lamento y amenazas ante los cuestionamientos sobre la ubicación del proyecto hidroeléctrico Rositas. “No puedo entender que algunas familias y pequeños grupos se opongan (a) los sueños de (todo) un departamento. Algunas personas y empresas (del) oriente boliviano van a Estados Unidos a protestar contra el proyecto Rositas”, dice el presidente, deplorando a continuación que “no escucha propuestas o razones (de los interesados, en este caso Santa Cruz) para defender el proyecto”.

En consecuencia -viene luego la amenaza- “si persisten las trabas, los proyectos se pueden trasladar a otros departamentos en los que sí hay consenso”. 

Es el calco de la historia antes vivida en La Paz, que también escuchó idéntica conminatoria, cuando se pusieron de manifiesto las contradicciones, vacíos, silencios y embrollos del Estudio de Perfil de proyecto Chepete/Bala, con la diferencia que en su informe anual ante el Congreso rectificó al afirmar que el Chepete va, “quieran o no quieran” y, en consecuencia, solo cabría resignarse ante la duplicación de la deuda contratada, que hasta ahora alcanza a los 7.500 millones de dólares con China, que se suman a los 9.850 millones desembolsados por fuentes diversas, según nos informó el Banco Central hace poco.

Para que el presidente se lamente con un mínimo de credibilidad, hay que olvidarse, como lo hace él, que las verdaderas razones que frenan ese y otros proyectos son los turbios líos internos que rodean a los contratos y obras que ejecuta el Gobierno. En el caso de Rositas,  no existen explicaciones convincentes de cuáles son las razones para que el presidente personalmente anunciase la construcción de esta obra, sin contar con su diseño final, ni señales de que se transparente lo que ocurrió con el malogrado contrato para realizar ese diseño.

Ni explicaciones congruentes sobre los motivos que retrasan la entrega del “nuevo diseño final” programado para febrero pasado, o que aclaren todo el barullo gubernamental y empresarial en torno al monto asignado que tiene todas las posibilidades de ser deficitario en al menos un 50% de lo anunciado públicamente. Y, desde luego, no se comunica y menos se consulta lo relacionado a los impactos ambientales y sociales que acarreará su construcción. 

El orgullo herido y la rabia no suelen funcionar bien como fundamentos de reclamos, mucho más si son  presidenciales. La molestia del jefe de Estado se remonta a que durante su última visita a Naciones Unidas, tuvo que contener su agresividad ante las denuncias de indígenas bolivianos sobre el absoluto irrespeto gubernamental de las normas constitucionales sobre el respeto al medioambiente y los derechos indígenas. 

En ese evento internacional salió a relucir con todo ímpetu la enorme contradicción entre el intenso y emotivo discurso del presidente boliviano, abogando por la salvación de la Madre Tierra, despotricando contra la depredación ambiental que genera el capitalismo y llamando a resistir estos males con una organización construida en torno al movimiento indígena, al mismo tiempo que indígenas bolivianos concretos daban a conocer que los planes desarrollista-extractivista del régimen atentan frontalmente contra los bosques, las fuentes de agua, el equilibrio hídrico y que no vacilan en dividir a los pueblos originarios y a sus organizaciones y perseguir a los que no se someten. 

Quejas y amenazas salen sobrando, lo que necesitamos en todo el país son informaciones claras, oportunas, veraces, como base de una deliberación y debate que permitan tomar decisiones fundadas sobre temas que entrañan endeudamiento gigantesco, descomunales riesgos sociales y ambientales y el inminente riesgo de que grandes recursos se evaporen en las manos de burócratas y empresarios corruptos e inescrupulosos.

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