19 de mayo de 2022, 4:00 AM
19 de mayo de 2022, 4:00 AM


El asesinato del fiscal paraguayo Marcelo Pecci en un balneario colombiano próximo a Cartagena de Indias, nos ha traído a la memoria la muerte alevosa de Noel Kempff Mercado, hace ya 35 años, en la serranía de Caparuch. Lo de Pecci fue un crimen planificado cuidadosamente, fue producto de una venganza de alguno de los grandes cárteles del narcotráfico que operan en Brasil, México o Colombia. Lo del profesor Noel Kempff, fue producto del azar, un inesperado encuentro con la muerte que no se debió a que los narcos lo buscaran para acabar con su vida; se trató de una fatalidad cuando el científico cruceño investigaba la flora y fauna en la cima del bello farallón chiquitano. Él no supo que ahí ya se habían instalado los mafiosos del polvo blanco y que por aquel lugar estaba prohibido transitar.

Que al fiscal Marcelo Pecci, hombre valiente, especializado en la lucha contra el crimen organizado, lavado de dinero y financiamiento del terrorismo, lo hubieran asesinado en una playa alejada de su país, cuando disfrutaba de su luna de miel, significa, por los datos preliminares que se conocen, que los sicarios lo siguieron desde que salió de Asunción hasta su destino final en la playa de Barú en el lejano Caribe. Lo balearon ante los ojos desconcertados de su joven esposa, que cuando quiso socorrerlo ya estaba muerto.

Es posible que la desaparición del fiscal Pecci en Paraguay, como la de Noel Kempff en Bolivia, produzca un remezón social. Es tan inaudito el poder del que hace gala el narcotráfico, que, si no son las autoridades las que ponen coto a la mafia, tendrá que hacerlo cada ciudadano, cada paraguayo, aunque con seguridad los cárteles allí son infinitamente superiores a los que pudo haber en Bolivia hace más de tres décadas. Por entonces, en 1986, la sociedad cerró filas en contra de quienes lucraban con ese negocio vil, lo que provocó que los narcos o los personajes vinculados en alguna forma a esa actividad delictiva, se sumergieran por un largo tiempo, lamentablemente para volver a aparecer, hace poco, con más fuerza.

El asesinato del fiscal Pecci tiene mucho que ver con Bolivia, desde el momento que nuestro país se ha convertido, según quienes entienden, en el tercer productor mundial de cocaína. Antes nuestro país exportaba el sulfato base, para que la droga purificada se la produjera en lugares como Colombia, por ejemplo. Desde hace algunos años la producción de cocaína en Bolivia es enorme, lo vemos a diario en cientos de fábricas escondidas en la selva, además del tránsito de la droga que se recibe de Perú para ser reenviada a los grandes mercados consumidores. 

De Bolivia sale masivamente el estupefaciente a Brasil y nuestro vecino ha tenido que instalar radares en la frontera y hasta disponer de aviones de combate para derribar a las avionetas que quieran ingresar clandestinamente en su territorio. Otras pequeñas naves bolivianas ingresan hasta el norte argentino y lanzan en paracaídas bultos repletos de droga, que allí llaman “la lluvia blanca”. Y es muy conocida la ruta Bolivia-Paraguay-Argentina, que lleva el narcótico hasta puertos de embarque sobre el Paraná o el Río de la Plata, destinado a EEUU o Europa. “Narco-Estado”, es el calificativo que se ha ganado nuestra patria en muchos lugares del planeta.

Mucho más que hace tres décadas, se ven ajustes de cuentas en las calles, cuando un motociclista se acerca a la ventana de un determinado vehículo y dispara a mansalva. O cuando algún sicario le pega un tiro en la cabeza a otro sujeto que puede ser socio o rival del PCC, del Comando Vermelho o de los cárteles de Sinaloa o de Medellín. En pueblos como San Matías, en la frontera con Brasil, los ajustes de cuentas tienen inusitada frecuencia y ahí se cobran y se pagan deudas de una manera espeluznante, antes no vista en nuestro país.

Sin embargo, la producción de la hoja de coca destinada al mercado informal, que es el narcotráfico concretamente, se produce en inmensas cantidades, cada vez más crecientes, en la región de Chapare. Para mayor desvergüenza, el presidente de las seis federaciones de cocaleros, es el exmandatario de Bolivia Evo Morales. 

Tres o cuatro de los policías más vinculados con este negocio sucio, irónicamente nada menos que como jefes de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (Felcn), han sido designados durante el Gobierno de Morales. ¿Es Bolivia un “narco-Estado” o va camino de serlo? El asesinato de Marcelo Pecci, de una manera u otra, algo ha tenido que ver con la producción de cocaína en nuestro país.

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