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La bioseguridad se ha instalado a partir de la pandemia del coronavirus y las sociedades tratan de asegurarse de al menos cumplir con los básicos requisitos del distanciamiento, el uso del barbijo y el lavado de manos al que se agrega la ventilación de los espacios cerrados. Es una cuestión de vida o muerte, así de simple. Sin embargo, la biodiversidad, que conjuga los diferentes sistemas de la vida humana, animal y vegetal, nos posibilita la vida, en equilibrio y variedad, pero poco y nada se hace para lograrlo. Algo tan básico y necesario como respirar para vivir. Paradójicamente insistimos en quitarle importancia.

Quemar el bosque, quemar el tiempo, quemar la vida. Se viene alertando durante décadas, sin embargo, los intereses, pueden más que la razón y el bien común. Es como hacerle una autopsia al futuro, conociendo el resultado.

Un reciente estudio es lapidario con el Amazonas. La selva en Brasil emitió cerca de un 20% más dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera que de lo absorbido en el período entre 2010-2019. Buena parte del territorio boliviano conforma la zona amazónica que ha desempeñado un papel fundamental en absorber y almacenar gran parte de este carbono. Es una infaltable y valiosa esponja que equilibra, en cierto modo, los ecosistemas. La deforestación ya comenzó a pasarnos la factura.

De acuerdo a estudios de 1960 los llamados sumideros absorbieron un 25% de las emisiones de carbono generadas por el uso de combustibles fósiles. Porcentaje que ya se ve disminuido por el cambio climático. La Amazonia ha comenzado a emitir más CO2 del que absorbe.

Menos árboles, más incendios, menos agua, más cambios bruscos, menos vida animal y vegetal, más degradación de la tierra. ¿Dónde se entierran los discursos de nuestra Pachamama?, ¿en los bosques que se pierden o en los ríos que se secan? ¿En las aves que se fueron o en las plantas que no están?

Nuestro endeble sistema biodegradable corre peligro y nosotros, los humanos, somos su sombra.

En buena parte de la Amazonia las temperaturas han aumentado tres veces el promedio mundial durante los meses más calurosos.

El investigador brasileño Marcelo Stabile toca un punto sensible al señalar que: “El primer uso que se da a las tierras deforestadas en Brasil es la ganadería. Pero el objetivo no es necesariamente ganar dinero con la producción de carne, sino con la venta de tierras”. El tráfico de tierras es una de los eslabones de la cadena de la destrucción también de la Amazonia boliviana. Esta secuencia comienza en la mala distribución de la tierra y continúa en el inexistente seguimiento y control de las mismas.

El lucro de las tierras públicas parece ser insuficiente cuando la fiebre extractiva y crónica rompe los termómetros de la indecencia.

Áreas protegidas, intocables por su valor presente y futuro, son deforestadas y arrasadas con desquicio.

La febrilidad de la deforestación se observa igualmente en el número de incendios amazónicos, por ejemplo, en junio: un 2,3% más que en junio de 2020, de acuerdo con el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) del vecino país.

Nos resistimos a que las próximas generaciones cuenten que hubo una vez una región que albergaba los bosques tropicales más grandes del planeta y que era un sumidero de carbono. Conocemos el destino de la fiebre del oro y anticipamos el camino que nos deparará la febrilidad por el mal uso que se le da a la tierra. Si no paramos ahora, ¿cuándo?



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