Opinión

El mecanismo de la corrupción

Editorial El Deber 23/5/2020 03:00

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No importa si son políticos de izquierda o derecha. No importa con qué discurso llegaron a ocupar sus puestos, cuando llegan al poder se convierten en personajes funcionales al mecanismo de corrupción que está instalado desde hace años. La compra con sobreprecio de los respiradores permite develar cómo funciona el aparato público, cómo se enriquecen los funcionarios a costa del dinero del pueblo, de la necesidad del pueblo o de la desesperación del pueblo, como en el momento actual, marcado por las muertes y los contagios de coronavirus.

La necesidad de atender una emergencia se convirtió en el pretexto para que unos avivados, que operaban con este y con el anterior gobierno, busquen a una empresa de dudosa reputación en España para comprar respiradores, los mismos que no eran los que se necesitaban en Bolivia, estaban sobrevaluados, pero lo más llamativo es que estos personajes tramaron el sobreprecio para llenar sus propios bolsillos. Lo reveló uno de ellos y lo hizo con un descaro estremecedor. Lo planteó como lo que es: una práctica habitual en el sector público.

Es por eso que las reacciones de los políticos que no están en el poder, rasgándose las vestiduras por la corrupción que observan, provocan bronca e indignación, porque ellos saben de lo que se está hablando. Quizás sus airadas reacciones responden más a la rabia que les produce no haber sido ellos quienes hicieron los negociados.

A lo largo de los años, ¿cuánto dinero se va a los bolsillos de funcionarios públicos y vivillos oportunistas que se enriquecen a costa del Estado? Debe ser muy habitual que se cobre ‘comisiones’ por adquisición de bienes y servicios a precios mucho más altos que los reales, solo con el fin de ‘pagar el servicio’ de quienes viven agazapados buscando la oportunidad de meter la mano en la lata.

Para que esta corrupción fluya sin problemas están los empleados públicos que, escudados en leyes, decretos y resoluciones, aseguran que obedecen órdenes, pero no cumplen el servicio que le deben al país. Bajo el pretexto de que algún superior hizo el pedido, no dudaron en validar algo que, a todas luces, se estaba haciendo sin cumplir procedimientos y faltando a la ética. ¿Cómo se puede explicar que la Agencia de Infraestructura en Salud y Equipamiento Médico (AISEM) dé luz verde a la orden de comprar en tiempo récord los respiradores, pues aunque hubiera sido un mandato del ministro, no se estaba cumpliendo el procedimiento adecuado ni se había verificado la calidad de los equipos? ¿Cómo se puede explicar que los funcionarios encargados de resguardar que el dinero prestado por el BID se gaste de manera adecuada y cumpliendo parámetros internacionales, omitan esos pasos solo porque cumplían una orden? ¿En manos de quién estamos?

Es el precio de haber dejado que los cargos del sector público se conviertan en pegas para los compañeros del partido. De eso ya se ha visto demasiado durante el Gobierno del MAS y de otros anteriores. La subordinación del militante hacia el jefazo, sin importar la capacidad o la ética. Lo dramático es que ese mecanismo se mantenga en el gobierno actual y actúe en tiempo de emergencia, al margen del sufrimiento de la gente por falta de recursos.

En esta gestión y por la emergencia se han hecho muchas más compras, se han recibido muchas donaciones y todo eso está bajo sospecha; la fe del pueblo en el Estado está desportillada porque nadie tolera que le roben y, sobre todo, nadie tolera que lo engañen mientras le hablan bonito. Los bolivianos se cansaron de tanta estafa y echaron a un presidente en noviembre del año pasado. Ahora, la presidenta debe esforzarse mucho para recuperar la confianza y eso pasa por hacer realidad la trillada frase de “caiga quien caiga”. ¿Hasta dónde llega la pringazón en este escándalo? Aún está por verse.

Y mientras todo eso ocurre en el poder, en la vida real de los bolivianos nos encontramos con que en Santa Cruz se está al borde del colapso; que de 37 respiradores disponibles en la salud pública ya hay 35 en uso y, si no se incrementa el número de estos artefactos, terminaremos con pacientes muriendo por falta de equipamiento. Mientras la corrupción se campea a sus anchas, hay miles de médicos que siguen pidiendo más bioseguridad para salvar vidas aún en medio de la precariedad.
Esa es la dramática realidad de este país.