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25 de octubre de 2017, 19:00 PM
25 de octubre de 2017, 19:00 PM

La escritora Liliana Colanzi escribió una columna brillante y contundente sobre el acoso callejero. Lourdes Montero, cientista social y activista, escribió otra columna centrándose en la inclusión del acoso callejero como delito, en el nuevo Código Penal. Miles de mujeres vienen escribiendo sobre sus dolorosas experiencias de acoso, como parte de una campaña mundial que se llama #YoTambién.

Celebro cada una de esas valientes contribuciones. Pero los problemas de las mujeres nunca nos atañen a nosotras solamente, aunque pareciera que sí. Usted que me lee, revise por ejemplo las columnas de los diarios. Quienes escribimos sobre la violencia contra las mujeres, quienes opinamos acerca de la feminización de la pobreza, quienes hablamos acerca de paridad y alternancia, somos siempre mujeres.

Lo mismo en este tema del acoso callejero. No pareciera ser un tema importante para los varones. Antes de ponerme a escribir, me dije ¿de nuevo vas a escribir sobre mujeres? ¿Y si buscas otros temas? La reelección, los desfalcos en las empresas del Estado, la infraestructura urbana… Pero cientos de miles de mujeres son amedrentadas y agredidas, nada más poner un pie en la calle. Miles de mujeres dejan su liderazgo político por la guerra sucia del acoso, que pasa por cuestionar su capacidad y su comportamiento sexual. Cuántas cuidan hijos, cocinan y limpian todos los días, sin que se reconozca que aquello es un trabajo; aunque la maquinaria productiva en su totalidad dependa de esa explotación. ¿Y cuántos hombres hablan de eso? Aunque sean suyos los hijos y suyas las camisas: ninguno. Aunque sean suyos los amigos, o sean ellos mismos los que perpetúan el miedo en la calle: ninguno. 

Pero es de ellos el problema. El acoso callejero no depende de qué nos pongamos las mujeres, ni de qué ruta tomemos, ni de la hora en que se nos ocurra andar. Es consecuencia de los códigos que determinan las relaciones entre hombres. Él no acosa para conquistar, sino para que sus amigos lo vean y lo reconozcan como par. Acosa, violenta, domina para mantener su prestigio de varón, en todos los ámbitos, todo el tiempo.

Esforzada tarea, la de mantenerse hombre. Y, sin embargo, cuando se habla del tema, ellos prefieren hablar del mundo, aunque su liberación esté ahí mismo, al alcance de sus manos, y al mismo tiempo tan lejos: una masculinidad nueva, democrática, equilibrada, serena. Un hombre sin miedo de ser hombre, ni de dejar de serlo.

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