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El momento de Santa Cruz

Editorial El Deber 3/3/2020 03:00

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Nunca como ahora, Santa Cruz ha tenido la posibilidad de liderar al país no solo en lo económico sino también en la conducción política. Nunca antes, un gobierno nacional tuvo tanta representación cruceña y del oriente boliviano. En este departamento se va a definir la próxima elección de presidente, vicepresidente y parlamentarios. Y sin embargo este es el año en el que esta región puede ver marcharse el tren sin subirse en él.

Lo que hace que Santa Cruz sea hoy lo que es no es la dirigencia que tiene, sino su vertiginoso crecimiento poblacional. En 2020, se prevé que los habitantes de este departamento se aproximen a los cuatro millones de personas, con una de las tasas de crecimiento más altas a escala nacional. Por lógica, ya se sabe que el mayor número de electores del país está en esta región y que será determinante en los próximos comicios del 3 de mayo.

En cambio, la dirigencia cruceña no ha sido capaz de romper las barreras del centralismo ni para obtener mayor coparticipación tributaria (que mitigue la creciente demanda de servicios en todo el departamento) ni para que se reconozca que le toca mayor representación parlamentaria. Ahora tiene menos asambleístas que La Paz, departamento que ya dejó de ser el más habitado.

Santa Cruz tiene una lógica de desarrollo diferente al resto del país, menos dependiente del Estado y más habitada por emprendedores que empiezan de cero y logran tener negocios rentables. Es así que hace varios años, desde esta región se alimenta al resto de Bolivia y se aporta un tercio de todo el Producto Interno Bruto. También desde aquí se puede mostrar que es posible otra forma de producción que no es extractivista y que permitiría dar un salto al país.

Hay que reconocer que desde siempre Santa Cruz ha insistido en señalar al centralismo como causante de todos los males, pero en el último tiempo sus autoridades subnacionales (ante el silencio de sus estructuras dirigenciales) también han acatado disciplinadamente cuanto recorte se hizo a sus ingresos por parte del Gobierno nacional. La impronta luchadora de los cruceños quedó rezagada y sumisa tras el juicio por terrorismo a muchos de sus líderes y por el acomodo de empresarios privados.

A pesar de lo anterior, Santa Cruz está en ebullición política. De eso ha sido testigo el país. Fue en esta tierra donde se vivieron las protestas más intensas contra el ninguneo al 21-F, fue aquí donde más fuerza tuvieron los 21 días de paro que pidió la renuncia de Evo Morales. La convicción democrática y libertaria está palpitando entre los cruceños y quienes se aplazan son los dirigentes que no saben interpretar y menos aún representar a esas voces.

Hay una clase política local que está teñida de las viejas prácticas y lo peor es que no se cansa de mirarse a sí misma, en una visión trasnochada que asume que todos acatarán porque unos cuantos ‘iluminados’ creen saber la ruta por la que hay que transitar. Es en ese error que se producen los desencuentros, porque no existe un proyecto político nacional que sea capaz de enamorar primero a los cruceños y después a todos los bolivianos.

El surgimiento autónomo de Santa Cruz, con el esfuerzo de los oriundos y los que llegaron, no agrada al ‘establishment’ centralista que ha sido el que ha puesto etiquetas como la de ‘separatistas’, ‘oligarcas’ y otras más a los cruceños. Por supuesto que ese poder (ahora solo político) está jugando sus propias cartas para impedir que emerja una clase dirigente nacional desde la llanura cruceña y mientras sus representantes trabajan en esa lógica, los líderes cruceños andan en pugnas minúsculas y mezquinas, mirándose el ombligo.



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