Opinión

El motel del voyeur

Roberto Navia 15/5/2017 04:00

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El libro estaba ahí. La última obra de Gay Talese alumbraba como una lámpara en una librería maravillosa de España. El motel del voyeur ya había hecho noticia antes de que saliera del horno. Esta vez el escritor de Nueva Jersey volvía a la carga con otro librazo de la vida real y con una historia que ya está siendo considerada un magnífico reportaje en el que, alguien ya lo ha dicho, el escritor y el personaje de la obra parecen rondar el delito. 

Todo empezó a principios de 1980, cuando Talese recibió una carta de un hombre de Colorado llamado Gerald Foos, que le revelaba un gran secreto. Había comprado un motel para satisfacer sus deseos de voyeur y en los conductos de ventilación instaló un sistema de observación para espiar a sus clientes. Talese hizo el trabajo que todo reportero debe hacer: viajó a Colorado para conocer personalmente a Foos y así comprobar de primera mano si era o no cierto aquel secreto sorprendente. Pero no solo miró con sus propios ojos la verdad de la historia, sino que tuvo acceso a los diarios escritos por Foos, que después de cada sesión que observaba por una rejilla escribía, registrando durante años las costumbres sexuales de su país. Pero Talese no solo se enteró de eso. El voyeur del motel había sido testigo de un asesinato y no lo había contado porque, si lo hacía, también pondría en evidencia su manía, que jamás fue descubierta y que él mismo contó a Talese en esa carta que le decía: “Querido señor Talese… Durante mucho tiempo he querido contar esta historia, pero no tengo talento suficiente, y me da miedo que me descubran”.

Después de más de 3 décadas y de mucha polémica en EEUU, el autor de Honrarás a tu padre se atreve a dar a conocer las tramas de un observador silencioso, bajo el título de El motel del voyeur, que es calificada como una extraordinaria obra de periodismo y un relato espeluznante. El libro ahora está aquí y lo empecé a leer bajo el sol español, apoyado en una roca grande, a pocos metros de donde crecerá un cerezo, y lo seguí leyendo en la cama iluminada por una ventana desde donde se ven los tejados y las copas de los árboles que se mecen cada vez que el viento habla y también calla. 

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