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7 de septiembre de 2019, 4:00 AM
7 de septiembre de 2019, 4:00 AM

En los últimos 50 años el Banco Central de Suecia ha premiado a académicos destacados en el mundo por sus aportes a la ciencia económica. La nominación y selección es similar a la que se hace con los premios que estableció Alfred Nobel en 1895 en los ámbitos de física, química, medicina, literatura y la paz mundial.

Por esta razón se le conoce comúnmente como Premio Nobel de Economía.

A raíz de este aniversario, el Colegio Abierto de Filosofía y el Instituto de Ciencias, Economía, Educación y Salud tuvieron la iniciativa de editar un libro sobre la naturaleza y repercusiones de este premio. Tuve la satisfacción de ser invitado a contribuir con un ensayo, en el cual reflexiono sobre el aporte del premio a la profesión de economista. En su preparación revisé los aportes de los 81 galardonados desde 1969. Pude apreciar con encanto lo mucho que puede la inteligencia humana cuando se 

dedica de forma seria y técnica a identificar problemas y proponer soluciones útiles para la humanidad.

Con la alegría que me produce enseñar y la experiencia acumulada, veo esos aportes y me emociono por cada pequeño paso que dieron los premiados, pues son grandes saltos para la humanidad, aludiendo a otro aniversario que celebramos este año: la llegada a la Luna.

En medio de su preparación tuvimos los incendios forestales que han afectado la Amazonía. Todos hemos sido testigos de esta tragedia ambiental y hemos colaborado por distintos medios para mitigar este daño. Nos ha unido un sentimiento

de solidaridad y empatía que es destacable tanto en Santa Cruz, en el resto de Bolivia y en países y organismos amigos que nos enviaron ayuda y asesoramiento. También hemos sido testigos de la proliferación de desinformación por medio de noticias falsas, conocidas como fake news, así como de interpretaciones parciales que llevan a conclusiones apresuradas y, en varios casos, equivocadas.

Debo señalar con franqueza que me vienen dos sentimientos: indignación frente a la desinformación e impotencia por la ausencia de verdad, entendida como un conjunto de hechos verificables, mensurables y debatibles técnicamente.

En esa desesperación, afortunadamente me topé con el último Premio Nobel de 2018. Éste fue otorgado a los académicos William Nordhaus y Paul Romer. Fue concedido por “integrar el cambio climático (Nordhaus) y la innovación tecnológica (Romer) en el análisis macroeconó- mico de largo plazo”. Es una adecuada combinación entre lo que nos limita, en el buen sentido, y lo que nos per

mite avanzar. Para explicarme, comparto la traducción libre del comunicado de la Academia Sueca de Ciencias: “En esencia, la economía se ocupa de la gestión de los escasos recursos.

La naturaleza dicta las principales limitaciones para el crecimiento económico y nuestro conocimiento determina qué tan bien manejamos estas limitaciones.” Finaliza afirmando: “Los galardonados de este año no ofrecen respuestas concluyentes, pero sus hallazgos nos han acercado considerablemente a responder a la pregunta de cómo podemos lograr un crecimiento económico global sostenido y sostenible.”

Me inicié en economía con Nordhaus y su prominente texto introductorio, en coautoría con el también nobel, Paul Samuelson (1970). En su texto aprendí también las bases de economía ambiental y del equilibrio necesario entre ecología y economía. De hecho, eco proviene del griego oikos que significa casa, mientras que logos de conocimiento y nomos de administración.

Es decir, conciliar el conocimiento y la administración de nuestra casa común: el planeta. Como profesional estoy en desacuerdo con posturas que apuntan a dejar de producir productos agropecuarios. Creo que se lo debe hacer responsablemente con la tecnología del caso y los cuidados respectivos.

Peor aún, impedir producir en otros rubros como cultura y comercio característicos del mes. Se puede y se debe conciliar el ánimo de crecer y desarrollarse con el cuidado del medioambiente. Las posiciones extremas no son aconsejables, sino más bien la combinación de ambas. Como lo dice el título de un libro de Nordhaus es “una cuestión de balance”.

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