Opinión

El odio: veneno del alma

Adhemar R Suárez Salas 13/8/2020 05:00

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Efectos irritantes de los personalismos extremos, el autoelogio y la mentira. El miedo como regulador de obediencias. La intolerancia y el cinismo generalizados. Política y corrupción: fusión maldita de la herencia totalitaria. Guerra verbal, quiebre social y muerte de la buena fe. Es la primera aproximación del odio, ese sentimiento muy acentuado de hostilidad, antipatía y rechazo. 

¿Es posible que el problema del Mal pueda ser tratado inteligentemente fuera del contexto religioso de Dios y Satanás? Se preguntaba el semiólogo italiano Umberto Eco. Y se respondía que “El Mal, es en cualquier contexto intelectual un monstruo, algo ominoso que envenena el alma de los seres humanos sin rasgos de sensibilidad. Es brutal y elusivo, por momentos vívido o vago.

Podemos conocerlo por sus obras. Pero el mal es astuto y extravagante. Hitler era vegetariano. El marqués de Sade adverso a la pena capital. Stalin, mientras proclamaba las bondades del comunismo llevaba adelante una degollina de sus adversarios políticos. En nuestro medio, Evo Morales se convirtió en un perfecto representante del odio ancestral; por un lado abrazaba a sus “hermanos” originarios campesinos, por el otro, les asestaba el garrote a quienes les cerraban el camino en sus devaneos dictatoriales.

El odio, en cuanto relación con el objeto, es más antiguo que el amor, proviene del rechazo primigenio que el yo narcisista opone al mundo exterior. Esta es una definición clásica de Sigmund Freud sobre este tema. La novedad de este pensamiento consiste en establecer al odio como anterior al sentimiento de amor y hacer de esto la condición de posibilidad de la culpa y del nacimiento de la moral. ¿Por qué culpa? Por amarnos a nosotros mismos desconociendo a los otros. Por afirmar nuestro egoísmo. 

Baruch Espinoza, en su tratado “Ética” afirma que “el que tiene odio a alguien se esforzara en hacerle mal, a no ser que tema que de ello nazca para él un mal mayor. En su filosofía, el odio y el amor parten de sentimientos contrapuestos, de tristeza o alegría que tienen un origen exterior al yo. No odiamos mientras nuestra autoestima por el otro es un pequeña, sino solo cuando es igual o mayor a la que tenemos por nosotros mismos. No se odia a quien se desprecia, sino al adversario considerado como igual o superior a uno mismo. Ambas máximas le pertenecen al filósofo alemán Friedrich Nietzsche, incluidas en su obra cumbre “Más allá del bien y del mal”.

Queremos una patria en la que nadie sea despreciado, en la que no crezca la ira y el encono. No permitamos que la raíz de la maledicencia se entrame en las profundidades de nuestro espíritu. Porque debemos dejar sentado que “el odio, la envidia y la soberbia ensucian nuestros corazones”, ha dicho el Papa Francisco, quien propone, en cambio, la instauración de los principios de benevolencia y compasión.