6 de abril de 2022, 4:00 AM
6 de abril de 2022, 4:00 AM


Una tarde infernal en Sudán –en África, allá por 1993– el fotógrafo sudafricano Kevin Carter apuntó su lente en un niño famélico, agonizante, en medio de un basural, enroscado y con la cabeza enorme y pesada casi besando el suelo, entregado a la muerte. Cerca del niño, de apenas tres años, alzaba sus alas amenazantes un buitre, esperando la oportunidad para clavar la estocada final. El fotógrafo esperó y graficó la escena.

Aquella tragedia capturada, tiempo después, le significó ganar un premio Pulitzer. El niño murió, no por el buitre sino por otras enfermedades meses después. El debate se abrió sobre el código de ética del periodismo y del camarógrafo por no auxiliar al niño. Fue fustigado, condenado y ya harto por tanta presión, se suicidó.

La fotografía cumplió su objetivo: puso en boca de todo el mundo la hambruna y el abandono brutal de aldeas enteras a su suerte, la corrupción de los gobiernos africanos y la necesidad de incrementar la ayuda humanitaria. Pero la imagen, en sí misma, fue un golpe al estómago del periodismo de guerra.

Uno de los periodistas referentes que narró la crueldad de las guerras y considerado como uno de los grandes maestros del periodismo moderno, Ryszard Kapuscinski -polaco, fallecido en 2007- fue testigo de innumerables acontecimientos bélicos, sobre todo en países del tercer mundo, y supo plasmar de manera brillante (aunque no exenta de polémica) en sus crónicas periodísticas y en su extensa obra literaria la tragedia humana de la crueldad de una guerra. Su máxima era: solo quien es una buena persona, puede ser un buen periodista.

¿Dónde queda esa bondad en una guerra? ¿Es preciso que el periodista muestre de manera descarnada el salvajismo de una guerra? ¿Debe el periodista alejarse del sufrimiento y sin filtros narrar los asesinatos en masa, mostrar el horror de las tumbas y fusilamientos de niños, mujeres y ancianos? El primer día de invasión rusa en la ciudad de Bucha, los soldados soviéticos dispararon contra una guardería en la que se escondían 20 niños. Tiraron del gatillo en contra de la gente que acudía al hospital a pedir ayuda. Algunos civiles intentaron -en vano - salir de sus propios coches para protegerse. Fueron masacrados ahí mismo. En las principales salidas de Bucha, los tanques se ensañaron y bombardearon sin reparo colegios, edificios de viviendas y a todo lo que se movía o arrastraba. Fue una masacre.

¿Es que acaso el periodismo debe mostrar estas salvajadas de una guerra? Para uno de los periodistas españoles de mayor renombre mundial y con más de 20 años de experiencia en la cobertura de una de las guerras más cruentas, la de los Balcanes, Arturo Pérez-Reverte, no hay cortapisa: hay que cortarle el desayuno, la comida y la cena al espectador que esté en su casa viendo el telediario. Para Pérez-Reverte, cuando el periodismo no consigue ese efecto desgarrador en el lector o televidente, el periodismo está fallando en su obligación como informador.

Pero incluso va más allá y sin tapujos acusa a los nuevos periodistas de guerra que hoy vemos en las cadenas internacionales, como “sentimentales y faltos de carácter”. ¿Desde cuándo tiene valor informativo un periodista llorando con un niño refugiado en brazos? ¿Desde cuándo un profesional de la comunicación que va a cubrir una guerra llora delante de la cámara? Para el periodista español el que tiene que soltar una lágrima o contener la respiración es el espectador. “Yo no pongo el telediario para ver el llanto del periodista, sino para entender qué ocurre y espero que ese profesional me explique con rigor, con eficacia y con serenidad los eventos. En esta guerra se ha visto a mucho aficionado”, sentencia con rudeza.

¿Es así? ¿Debe ser así? El número de reporteros muertos en 20 días de guerra asciende a cinco. La noticia de la muerte de Zakrzewski y Kuvshinova apareció tres días después de que se conoció el fallecimiento de Brent Renaud, periodista y director de documentales estadounidense, de 50 años. Recibió un disparo en el cuello en Irpin, ciudad próxima a Kiev.
Sumadas las últimas bajas al recuento del Committee to Protect Journalists (Comité para la Protección de los Periodistas), organización sin ánimo de lucro basada en Nueva York, ya han muerto 16 periodistas en 2022 en el mundo como consecuencia del desempeño de su trabajo. Desde 2014, el inicio de la guerra en la región del Donbás, se calcula que al menos 13 reporteros han perdido la vida mientras trabajaban en territorio ucraniano.

La crudeza de la guerra en Ucrania, en plena escalada en su quinta semana, se ensaña también con los periodistas que la cubren. En una guerra, al final, pierden todos y cada uno recibe su cuota de crueldad.

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