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Por Ruddy Orellana V. – Comunicador social

El vicepresidente David Choquehuanca siempre que puede hace uso de esos micropoderes de los que teorizaba el pensador francés Paul-Michel Foucault.

Foucault no ubica al poder en una institución principal, como el Parlamento, la monarquía o el Estado, sino que lo sitúa como una forma de funcionamiento social que atraviesa todas las instituciones. De modo que los micropoderes no se circunscriben exclusivamente a un poder supremo, tiene sus ramas y sus derivaciones. El poder no es único, es múltiple. Hay, de hecho, una relación de fuerzas que hacen a la esencia del poder y lo dinamiza.

Foucault afirma: “El poder no se posee, se ejerce”. En ese contexto, se podría afirmar que el ejercicio de la Vicepresidencia en Bolivia contradice la afirmación del autor de El poder, una bestia magnífica. David Choquehuanca posee poder, pero no lo ejerce o lo hace cada otoño.

“Un micropoder -dice Foucault- es esa potestad que por el uso, las costumbres o las convenciones sociales es ejercida por la persona que en la ocasión la ejerce, entrando en el ámbito de su derecho o de tu libertad”.

El vicepresidente, siempre que habla, lo hace desde una posición teórica, su discurso es terriblemente acomodaticio. Establece una dualidad constante entre lo que debería ser y lo que abiertamente está sucediendo. Acaso por eso continúa siendo un personaje de quiebre y de inflexión.

Su retórica se alza como un llamado a la conciliación, a la inclusión y a la generalidad. Sin embargo, su dependencia política aún le obliga a cometer algunos exabruptos.

Choquehuanca es la mejor representación de la hibridación política boliviana. Es un personaje, acaso con un tris de análisis liberador, pero atrapado en el cuerpo de un pachamamista masista, mas no evista. De esa manera, el vicepresidente está en paz con Dios y con el diablo.

Sus discursos, casi siempre, son pendulares. Fluctúan entre el bien el mal, entre ser y no ser, entre parecer y no aparecer a la hora de la verdad. Se camufla entre sus propios discursos. Se pierde entre un intento conciliador y la sombra persecutora del masismo.

Su ambigüedad es su as bajo la manga, pero también es su condena, porque aún pende sobre su cuello una guillotina azul. Intenta jugar de delantero, pero sabe que sigue siendo un excelente trasero que no siempre hace pases precisos.
Siempre que puede, hace uso de un discurso mestizo, híbrido.

Es una mezcla de progre y conservador que quiere desconcertar pero que está obligado a tragarse sapos en pos de reafirmar el “Vivir Bien”.

Mientras ejercía en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Choquehuanca esgrimía estos conceptos: “Vivir Bien es buscar el consenso entre todos, lo que implica que aunque las personas tengan diferencias, al momento de dialogar se llegue a un punto neutral en el que todas coincidan y no se provoquen conflictos”. “No estamos en contra de la democracia, pero lo que haremos es profundizarla, porque en ella existe también la palabra sometimiento y someter al prójimo no es vivir bien”.

“Vivir Bien es respetar al otro, saber escuchar a todo el que desee hablar, sin discriminación o algún tipo de sometimiento. No se postula la tolerancia, sino el respeto, ya que aunque cada cultura o región tiene una forma diferente de pensar, para vivir bien y en armonía es necesario respetar esas diferencias. Esta doctrina incluye a todos los seres que habitan el planeta, como los animales y las plantas”.

A estas alturas de nuestra accidentada política, yo le pregunto a David Choquehuanca: ¿cuánto de todo lo que dijo se cumplió o se trató de afianzar en el país?

14 años y más de masismo y todos esos conceptos siguen siendo un discurso, una proyección, una aspiración.
Quizá por eso, las relaciones entre Evo Morales y Choquehuanca jamás fueron cordiales. Mientras David intenta(ba) deshacerse de las hondas beligerantes, Goliat (Evo) las distribuía por miles para combatir a los k’aras o a los “vendepatrias”.

Pese a eso, el vicepresidente sigue siendo un personaje incógnita: ¡nunca se prevé lo que saldrá de él!
Su conservadurismo y su posición de outsider lo hacen permeable a todo lo que digan o hagan los masistas más radicales. Su permeabilidad responde a una fórmula sencilla: nunca estuvo involucrado en escándalos de corrupción, exabruptos, desfalcos, pillería y ramas afines. No tiene un pasado que esté en común con todos los que estuvieron 14 años y más en el poder. No es un igual, un semejante a todos los corruptos que sobrevivieron al mal llamado “proceso de cambio”.

Sin embargo, desde su posición pendular y ambigua, sigue jugando de comodín. Su micropoder errático lo lleva de un extremo a otro, desde afirmar que “nuestra verdad es muy simple, el cóndor levanta vuelo solo cuando su ala derecha está en perfecto equilibrio con su ala izquierda”, hasta llamar a cuidar a la “wawa”, su “wawa”, esa criatura inocente que dañó sin asco la estatua de Colón: “Si alguien le toca a la wawa de una comunidad, el pueblo se va a levantar. Si alguien le toca, los aymaras nos vamos a levantar, hermanos, los pueblos nos vamos a levantar”.

¿Pero de qué “wawa” habla Choquehuanca?
¿Qué espíritus dislocados revolotearon sobre la testa del vicepresidente para expulsar semejante exabrupto?
Presumo que al salir en defensa del imberbe querubín, pensó en un excelente argumento para continuar en la posición pendular en la que siempre se ubica: mitad sabio, mitad disparatado.

Y la oscilación del vice continúa; quiere nuevos líderes para que el MAS no se desnaturalice. Tras 27 años de vida, el partido más variopinto e inverosímil de la historia de este país está en su peor momento. El punto de inflexión se llama Juan Evo Morales Ayma. La rebelión en la granja es evidente. Entre apocalípticos e integrados, adivinen quién está en el centro.

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