Opinión

El poder de las aguas

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24 de septiembre de 2017, 23:14 PM
24 de septiembre de 2017, 23:14 PM

La bruma fantasmal flota como un aura bendita sobre el ojo blanco de Aguas Calientes. Las sombras de las garzas se hacen visibles cuando enarbolan su sonido gutural inundando la noche espesa y alumbrada por una luna mirona. La gente que ha llegado hasta aquí, murmurará con sonrisas musicales que el estrés no ha nacido, que los males de la ciudad no tienen derecho a existir y que la vida transcurre plácida y serena como una sábana recién tendida.    

Es el poder del agua, me digo, mientras siento el líquido tibio que trepa desde los pies y se cuelga de la cintura. El agua que forma arroyos y lagunas, ríos y mares es tan placentera como la lluvia que moja la garganta y que cae armoniosa como un poema de Benedetti y sobre el patio de la casa infantil, aquella que era alquilada y ajena y donde mamá siempre decía que le encantaba el olor a tierra mojada.

Hay momentos en que las aguas solo se deben mirar como se miran las aguas de la laguna La Gaiba. Había llegado hasta ahí por una noticia macabra, para escribir sobre el naufragio de Pedro Aponte, el único centinela de la bahía que Bolivia comparte con Brasil y que días antes había muerto ahogado, dejado en la orfandad a 14 hijos y que su viuda, para enterrarlo,  tuvo que sacar las tablas de su casa para hacer un ataúd improvisado. Pero a pesar de esa tristeza en el aire, las aguas de La Gaiba arrullaban en silencio, como queriendo explicar que la muerte, por más malvada que aparezca, es parte de la mismísima vida. 

Hay otras aguas que brincan de piedra en piedra, que se empujan, que se amotinan y gritan contando misterios. Son las aguas de los ríos. El Pilcomayo es uno de ellos y navega con su pasaporte en mano, para salir de Bolivia y meterse en Argentina y después en Paraguay.  Fue una noche sin nada de luna cuando hasta la balsa que había perdido el rumbo llegaban sonidos que parecían de otro tiempo: una verbena que entonaba música de guerra, alguna mano sintonizaba el dial de radios extranjeras y también se escuchaban lejanas alabanzas a algún dios oculto en la espesura del monte. “Quizá sean los ecos de la Guerra del Chaco”, dijo alguien, el que se bajó para empujar la balsa que amenazaba encallarse en la arena. 

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