Opinión

El premio Ibrahim

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La Fundación Ibrahim proporciona un más que interesante premio a exmandatarios africanos siempre que, a su juicio, se satisfagan varios criterios, entre los cuales está haber demostrado excelencia en el oficio.

Un criterio que tiene que ver con los acontecimientos actuales en nuestro país reza así: haber cumplido su mandato constitucional y dejado el poder.

Es interesante y dice mucho de nosotros como humanidad que tengamos que recurrir a este tipo de estrategias para que pongamos claro que no hay imprescindibles. Y dice más que dicho premio se haya declarado desierto algunos años.

Habría que ver si en Asia o América un premio semejante tendría varios competidores encabezando la lista. Lo mismo en Europa, donde la Sra. Merckel debiera darse cuenta que por muy excelente que alguien sea (cosa siempre difícil de creer o de alcanzar) debe ceder el paso (aceptando su carácter prescindible) a nuevos intentos y, por qué no, nuevos errores.

Por otro lado, muchos de los argumentos que acompañan la exigencia del cumplimiento de los resultados del 21-F inciden en los yerros, metidas de pata o cosas peores de la gestión del presidente Evo Morales.

Como si el hecho de que se cumpla lo que la estrecha mayoría, pero mayoría al fin, decidió en dicho referéndum, tuviera como basamento importante lo mal que lo haría este o cualquier otro gobierno. Hasta las personas de bien más afines al proceso de cambio aceptarán que no todo fue perfecto, e incluso el mismo presidente ha admitido errores y pedido disculpas en más de una ocasión.

Exageremos, sin embargo, la situación y pongamos por caso que hasta hoy se ha demostrado excelencia en la administración. Ello no implicaría en absoluto que el 21-F no debe respetarse.

Digamos que se hizo todo lo bien que se pudo bajo las circunstancias del contexto, digamos que Evo Morales ha marcado ya su huella en la historia. Visto así, solo resta agradecer su paso, felicitarlo, tomar en alta consideración su opinión en relación con los distintos escenarios que vengan en lo futuro. Y dejar (o tomar) la posta a la siguiente generación (oficialista u opositora, eso puede debatirse y en último caso se decidirá democráticamente en las urnas).

Hay quienes dicen que un líder así nace cada 100 años, puede ser, no es el punto, el punto está en que no se quede 100 años porque no hay nadie más. No es que el presidente no debe postularse a una nueva reelección porque lo haya hecho regular, mal o muy mal. Sino que incluso, si lo haya hecho bien, muy bien o excelente, le hará bien a nuestra sociedad que creamos en nosotros mismos, que tenemos entre nuestros habitantes mujeres o varones que lo harían con igual brío. Si no estuviéramos convencidos de ello, sería mejor apagar la luz y marcharse.

Que no se equivoque el oficialismo, en efecto esta es solo la opinión de una persona, la mía, pero contiene la fuerza de la determinación. Que no se equivoque la oposición (la que ya ha pasado por la administración estatal o la que empezará a repetir de memoria, atrapadas solo como clichés, las interesantísimas y discutibles ideas en torno a eso denominado la llamada de la tribu), de esta posición no se deduce de manera mecánica que estoy con ustedes.

Y que no se equivoquen los maniqueos que solo quieren las cosas en blanco o negro y que se niegan a admitir los tonos de gris que están por todas partes. ¿Y quién es Pánfilo? Un personaje de la hermosa novela de Carlos Fuentes Los años con Laura Díaz, en ella, a raíz de una conversación, interviene diciendo: —No hagas bromas, Palomo. La no reelección era el principio sagrado...

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