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El presidente Luis Arce participó en Tarija en el cierre de campaña del candidato del Movimiento al Socialismo (MAS) a la Gobernación de ese departamento, Álvaro Ruiz, y en medio de sus arengas políticas dijo que el Gobierno ha mandado vacunas “para el pueblo, para los médicos, no para las familias de los ricos, no para la oligarquía tarijeña”.

La frase, que no tiene como origen un desliz, que no es un lapsus y no podría ser explicada como ‘sacada de contexto’, como suelen decir las autoridades en su defensa cuando necesitan corregir lo expresado, deja un funesto precedente para la democracia boliviana, para la igualdad de derechos entre ciudadanos que ante la ley son idénticos por definición, y para la convivencia pacífica entre bolivianos porque puede provocar un enfrentamiento entre ciudadanos, impulsados nada menos que por una expresión de la primera autoridad del país y con el tema más sensible de estos dos años: la salud y la vida amenazadas por la pandemia.

Arce planteó una falsa dicotomía entre ‘pueblo’ y ‘ricos’, como si los primeros fueran bolivianos con mayores derechos que los segundos; o, peor aún, como si los que él llama ‘ricos’ no fueran también parte del pueblo.

Los del pueblo tienen derecho a la vida, los ricos y sus familiares no lo tienen y merecen la enfermedad y la muerte, se podría inferir de las palabras de Luis Arce Catacora. El pueblo es bueno y es mi aliado; el rico es malo y es mi enemigo, podría caricaturizarse a partir de la desafortunada expresión.

Decir que la vacuna es para unos y no para otros es desconocer los más elementales derechos humanos, las leyes bolivianas, las convenciones internacionales y representa un llamado al odio, cuando la misión de un jefe de Estado es precisamente lo contrario, es decir, lograr la unidad de todo el país.

¿Dónde quedaron las bienintencionadas palabras de aquel emocionado presidente cuando el 8 de noviembre asumió el mando de Bolivia? ¿En qué oscuro depósito de la Casa Grande del Pueblo quedaron archivadas aquellas expresiones que decían que el voto del pueblo no quiere bienestar para unos cuantos, sino para todos; que no quiere alegría para unos cuantos, sino para todos? ¿No era que iba a gobernar con responsabilidad e inclusión ‘representándolos a todas y todos’?

Ante un evento como el que ocupa este editorial es inevitable preguntarse qué pasa por la mente del presidente en casos como este. ¿Reditúa votos el lenguaje del odio y el enfrentamiento? ¿Sabe Arce a lo que se expone con una arenga así y sin embargo no le importa? ¿Lo hace para agradar a Evo Morales y demostrarle, quien sabe, que él puede tener un discurso aún más odiador que el que mantuvo el jefe del MAS en sus 14 años de gestión?

Es un triste final para un cierre de campaña en cuatro departamentos que irán a la segunda vuelta; campaña en la que casi en cada discurso se escuchó el chantaje de entregar vacunas con los gobernadores ‘que coordinen’ -léase que sean del MAS- con el Gobierno nacional.

En el mundo hiperconectado que vivimos, en 15 meses de pandemia jamás se escuchó que un mandatario de ninguna latitud de los cinco continentes utilice la pandemia o la vacuna para profundizar las diferencias entre los ciudadanos de su país, y mucho menos condicione la entrega de la inyección para unos y a otros se les castigue privándoles de la inmunidad.

Va a tener el presidente Arce que revisar el perfil que quiere proyectar de él mismo y cuidar más el sentido de sus mensajes. Cuando da un discurso, no habla un jefe político, habla el presidente de un Estado, y como tal se debe por igual a todos los ciudadanos. Y eso no lo puede ignorar ni él ni ningún mandatario responsable de sus actos.



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