Escucha esta nota aquí


Hoy jura como nuevo presidente de los bolivianos el ciudadano Luis Arce Catacora, que se convierte en el mandatario número 11 del más reciente periodo democrático del país desde que el 10 de octubre de 1982 se recuperó el sistema de derecho después de un ciclo de dictaduras militares.

Luis Arce llega al Gobierno de la mano del Movimiento Al Socialismo, partido que dejó el poder por solo 12 meses desde hace 15 años, con un contundente respaldo popular que en las urnas le dio el 55,1 por ciento de los votos.

Su posesión vendrá a dar por cerrada la incertidumbre política desde que el 10 de noviembre huyera del país el expresidente Evo Morales tras el incuestionable fraude electoral del 20 de octubre del pasado año y se instalara en el país un gobierno transitorio que se extendió más de lo necesario por la emergencia sanitaria de la pandemia del Covid-19.

Arce llega al poder en un momento muy crítico para la economía boliviana, que ya venía en caída cuando él mismo era ministro de Economía del Gobierno de Morales, y que se vio mucho más afectada por los meses de paralización casi completa de la dinámica productiva del país durante los meses del confinamiento.

Conocedor de la materia como es, Arce tendrá como primer desafío de su gestión la reactivación de la economía y el empleo de esa gran masa de bolivianos que quedaron fuera de las empresas o con sus pequeños emprendimientos quebrados por la pandemia.

En lo político, Arce tendrá una tarea quizá aun más difícil que en lo económico porque tendrá que elegir entre cumplir su palabra de gobernar para todos los bolivianos y hacer un gobierno de unidad nacional, como prometió la madrugada que se conoció el resultado no oficial de la elección, o seguir la línea de acción característica de su partido, el MAS, que en los 14 años de ejercicio del poder demostró no ser muy afín a gestionar un gobierno para todos.

Si hay una herencia perversa del largo ciclo del Gobierno de Evo Morales, esa es la división de los bolivianos entre los del campo y la ciudad, entre los de un color de piel y los de otro, entre los partidarios del MAS y el resto de los bolivianos, con un discurso permanente de odio, falso revanchismo y confrontación clasista permanente.

En poco tiempo se podrá advertir si Arce continúa en el sentido de su pensamiento expresado la noche de su victoria, o si el partido y su jefe, Evo Morales, resultan más fuertes que él en la definición de su estrategia y estilo gubernamental.

El nuevo presidente tendrá que ser consciente de que el país que dirigirá no es el mismo que el de Evo Morales; por lo menos no en el sentido de la actitud pasiva que demostró durante 14 años y que cambió notoriamente desde el 20 de octubre, cuando comprendió que también tiene capacidad de movilización para hacerse escuchar cuando algo no le convence.

Como fuera, un cambio de gobierno es un momento en que el país vuelve a comenzar de cero en ese depósito de confianza y de esperanza en tiempos mejores; y en esta coyuntura específica se espera de Arce una gestión inteligente para reactivar la economía, para que todos los habitantes del país -y no solo sus partidarios- se sientan incluidos en sus políticas. En sus manos está decidir si va a ser la continuación de los 14 años de Morales, o el inicio de un nuevo ciclo.