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El pueblo quiere, pero ellos no

Norah Soruco 11/9/2020 05:00

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Todos los candidatos buscan el poder, pero parece que ninguno de ellos sabe para qué, más allá del solo goce de sus mieles, negadas al pueblo que sufre.

Estamos a semanas de la fecha fijada para las elecciones nacionales y no hemos conocido más que dardos envenenados entre los candidatos para que ojalá desaparezcan los adversarios y dejen a cada quien el camino libre.

Como los estándares que dejó el anterior Gobierno fueron tan bajos, todos se creen suficientes para remontarlos, aunque para ello se enfoquen en quién hace mejor la ‘guerra sucia’ y casi nada en propuestas serias contenidas en un plan de gobierno. Para cuando toque, al que le toque, argumentará que la crisis es mundial y esperará a ver cómo se acomoda el nuevo orden para ver la forma astuta, no inteligente, de encajar en él.

En todos los términos, la ciudadanía les ha dicho a los candidatos que la crisis presente y futura es muy grave con enormes desafíos para mantener a flote el país y que necesita un gobierno fuerte, nacido de la unidad democrática, de un sólido bloque de salvación nacional, para corregir casi fundacionalmente la destruida institucionalidad y los tremendos extravíos que nos dejaron. Pero no, se empecinan en la ceguera frente a la realidad y la sordera a las opiniones sensatas, siguen tercamente empeñados en los caminos del mesianismo y la dispersión, vacíos de contenidos y hasta haciendo apología de los antivalores que les critican a los que se fueron.

Los cálculos electoralistas son vergonzosos, pues la mayor parte de ellos saben íntimamente de su incapacidad para asumir tan grandes desafíos, como que no lograrán una contundente votación, pero se parapetan en los posibles resultados para ver con quién y a qué precio se alían para la precaria captura del poder, en condiciones de ingobernabilidad por la atomización en el Parlamento.

Esta estoica patria no se merece tanta incertidumbre y desconcierto, la han llenado del temor a una nueva frustración, en medio del irregular funcionamiento de las instituciones fundamentales de la nación, que continúan tomadas por la irracionalidad, el sometimiento y la ineptitud de los que no omitieron ningún recurso avieso para gobernar ni lo omitirán para viabilizar el ansiado retorno, después del largo y profundo estropicio que dejaron.

Esta y ninguna otra es la razón vital para impedir tal reedición del desastre, porque si hubiéramos visto un sincero reconocimiento de los crasos errores y un serio propósito de enmendarlos con la misma profundidad, de un tránsito constructivo serio y lejos de la siembra del odio y la división confrontada y violenta de los bolivianos, seguramente este noble pueblo les daría una segunda oportunidad. En vez de ello, han preferido el mismo camino, ahondado por funestas alianzas de fines externos.

Dos son las vías con sus respectivas metas que tienen por delante los candidatos que se dicen demócratas, conformar un parlamento digno, plural, idóneo y comprometido con la democracia y un gobierno fuerte con la autoridad y la capacidad de tomar las grandes decisiones que Bolivia requiere, con visión estratégica y mente abierta a la altura y envergadura de una inflexión histórica.

¿Cómo hacerlo?

A partir de un compromiso patriótico, poner y apoyar a los mejores candidatos al Parlamento Nacional, un acuerdo mínimo de ‘salvación y reconstrucción nacional’, la determinación de un horizonte estratégico sobre la base de la posición y formación social del país y de sus ventajas y fortalezas intrínsecas en el contexto continental y mundial, definiendo el alcance de las metas a cumplir en el Estado por sobre los periodos de gobierno, con la garantía de la vigencia y estabilidad democráticas.