Opinión

El río de Juan Pablo Richter

El Deber 13/8/2018 04:00

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Es un río parsimonioso cuando uno lo ve desde la orilla, pero es un río bronco si uno está en la sala del cine, con todos los sentidos puestos en la pantalla del frente: viendo, mirando, palpando, dejándose llevar por la película que Juan Pablo Richter ha dirigido para que los amantes de las buenas historias sepan que en algún lugar del planeta, o en muchos, existe una comunidad que hace del machismo su alimento cotidiano, su sentido de vivir, su fuerza de poder para sentirse “bien hombre”, un hombre tan cruel y despiadado que convierte a la mujer en un objeto y que todavía es capaz de jactarse de ello como si se tratara de una hazaña mayor de la humanidad.

Y todo eso está en la película de la mejor forma en la que se puede contar una historia que es purita verdad: con poesía, apelando a la belleza de la narrativa audiovisual, a las herramientas del séptimo arte, al talento que tiene un director para reflexionar sin esperar a que termine la película, a que uno esté en su cama con las imágenes y los diálogos volando por el dormitorio para que ayuden a terminar de comprender qué es lo que quiso decir el director, el guionista, los actores...

El Río invita al lector a que piense, analice, reflexione mientras la historia sigue su curso como un velero que navega por aguas aparentemente diáfanas, sabiendo que el río avanza viendo actuar a los personajes de su historia, sin saber que sus aguas serán la locación de una escena clave, elemental, inimaginable, tan importante que hará que la película sea un gran película: Si la vida se define en pocos segundos, la muerte también suele llegar como un fantasma dando manotazos para que un hecho no se olvide nunca.

En El Río aparecen imágenes de postal y entonces uno piensa lo que ha ocurrido en la anterior escena. Se escucha el canto de los pájaros, el croar de las ranas y todos los misterios de la naturaleza invaden en la sala como una banda sonora que transporta hasta esos escenarios que bien uno puede decir que ahí está el Edén, pero también el infierno creado por la mano o por la boca de los hombres que se esmeran en reinar a punta de embustes machistas que hacen la vida imposible para una mujer que ha sido vendida por la abuela, o para la empleada que apenas con 12 años es testigo de la bravura del padre contra su madre y de un entuerto que ocurre en la alcoba del patrón.

Y en ese mundo donde aparentemente todo está normal, aparece Juan Pablo Richter para construir una película que le dice al país y al resto del planeta que hay cosas que no están bien y que algo hay que hacer antes de que las aguas del río se embroquen y terminen inundándolo todo.

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