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En los primeros minutos del día 24 de esta larga noche boliviana ha partido el doctor Óscar Urenda Aguilera, secretario de Salud de Santa Cruz, al tiempo que el generoso veranillo cruceño de este invierno daba paso a un sombrío sur capaz de congelar el alma de la pena.

Llevó 46 días librando una batalla personal, íntima, contra el feroz enemigo que tenía en él a un celoso guardián de la salud de los cruceños: durante casi tres meses le puso el pecho al virus caminando de un centro médico a otro, observando las necesidades y respondiendo después como autoridad para dar mejores condiciones a los hospitales.

Al final de cada jornada, volvía a poner la cara, esta vez ante el país para informarle con aquella serenidad y firmeza tan suyas de los avances de la enfermedad y los esfuerzos por contenerla; siempre con la verdad, por dura que fuerza y sin importar que le resultada incómoda a alguna autoridad.

Él era así, la franqueza era la única forma con la sabía comunicar, tenía el rostro aparentemente adusto y hasta parecía estar enojado, pero cuando se lo escuchaba inspiraba confianza, sentido de protección, y se comprendía que su rigidez era la expresión de un hombre en realidad preocupado por la salud y la vulnerabilidad de los habitantes de esta región ante la amenaza mortal del coronavirus.

Pocos lo conocían en persona, pero aún a la distancia, de solo verlo y escucharlo por los informes nocturnos -y no solo en Santa Cruz, sino también en el interior del país- demostraba tener aquello que los bolivianos esperan de un funcionario público: que sea trabajador, que no le mienta a la gente y que a la manera de un padre de todos se preocupe por ellos.

Esas cualidades hicieron de él una personalidad respetada, admirada y colectivamente envidiada en el buen sentido de ese sentimiento: “Queremos tener un Doctor Urenda para La Paz”, decían en esa región nuestros hermanos paceños al ver a nuestro Óscar sembrando confianza y fe en estos tiempos de desesperanza, dolor y muerte.

¿Cómo se entiende que un pueblo dado a no creer en los funcionarios públicos, que desconfía en extremo de líderes y autoridades, encontró en Óscar Urenda una persona en la que no solo creyó, sino confió y llegó a querer al extremo de sufrir la pena de su partida?

Es que Urenda tenía todos esos atributos que la gente no está acostumbrada a ver de un servidor público, pero a la vez no tenía aquello de lo que todos están cansados: demagogia y politiquería; él estaba allí nada más trabajando, sin hacer proselitismo ni esperar beneficio político, cuando podía estar en su casa, sin correr riesgos, sin pasar necesidades y disfrutando de su familia, cantándole zambas a sus nietos.

Estaba lejos de las ambiciones y el día que le llegó la invitación para ser ministro de Estado, él agradeció amablemente, declinó y continuó con su labor cotidiana.

Ese fue el gran secreto de Óscar Urenda para hacerse querer como se lo quiso, para hacerse extrañar como ya se lo extraña: un hombre con verdadera vocación de servicio que no hacía política, simplemente trabajaba, y con pasión. Ahora que descanse en paz. Ya hizo mucho por su pueblo.