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4 de septiembre de 2019, 4:00 AM
4 de septiembre de 2019, 4:00 AM

En la novela El Señor de El Dorado, de Alcides Parejas, de una manera sencilla, propia del que sabe, relata las dos expediciones de don Ñuflo de Chaves, que fundó una ciudad en medio de la más absoluta soledad y que se convirtió en madre de ciudades y los cruceños en hacedores de caminos.

Ñuflo de Chaves encargó a los pobladores de esa nueva ciudad, donde solo había naturaleza, una sencilla pero profunda orden: “lo que debemos hacer es ‘desencantar y poblar’ la tierra”. El personaje de la novela se da cuenta de que el reino de Candire no es de oro y joyas, es la naturaleza misma a la que se debe trabajar y con esfuerzo para obtener la verdadera riqueza, que es fruto de la tierra; el esfuerzo común permite decir que aprendió que “El Dorado somos todos”.

Esa mentalidad siguió en el transcurso del tiempo y permitió que, con el esfuerzo de los pobladores, vinieran de donde vinieran, se formara una concepción productiva de la riqueza, a la que además se da valor agregado en beneficio de Bolivia, sin egoísmos ni mezquindades, ahora tan mal interpretada.

Hoy estamos asistiendo impotentes a la herida de muerte que se ha infligido a la Chiquitania, con directa responsabilidad de quienes son guardianes de la misma y que, viendo el desastre que se iba a producir, no hicieron lo que debían en su momento y esperaron con nefastos cálculos políticos a que la situación se desbordara hasta los niveles de desgracia que todavía subsisten y van creciendo día a día.

Empiezan a surgir algunas voces de que la naturaleza es sabia y que va a recuperar en el tiempo lo que el fuego destruye. Es cierto, pero olvidan que por sabia que sea la naturaleza, cura sus heridas en mucho tiempo y durante ese trascurrir el impacto ambiental, que afecta a todos, incluso a los autores por comisión, omisión o lo que fuera, tarda en recuperar y regresar a ser ese Dorado tan buscado y encontrado finalmente, que la indolencia y el cálculo empezó a destruir.

Entre las muchas desavenencias que tenemos en el amplio territorio boliviano, las diferencias geográficas tan contrapuestas también generan diferencias en la mentalidad de los ciudadanos que, sin entrar a la elucubración constitucional de 42 nacionalidades, sí existen tres diferencias notorias, claras e innegables entre los habitantes del occidente, con montañas, frío y un sacrificio evidente ante la dureza de la naturaleza; los habitantes de los valles, con zonas templadas, presencia de un verde en la naturaleza, que da sus frutos obtenidos con menos rudeza que en el altiplano y finalmente, los habitantes de los llanos orientales, con una pródiga naturaleza y un clima que permite las actividades de producción agropecuaria en dimensiones que superan a la mentalidad andina y de los valles.

La migración entre estas zonas tuvo mayor afluencia del altiplano y los valles hacia el oriente, y fue acogida con espíritu abierto para que realicen sus actividades que, finalmente, enriquecen a la producción oriental. La distorsión de los cálculos políticos que buscan copar espacios físicos, ya no con la mentalidad de trabajo y esfuerzo, sino para el copamiento político de la región, es una de las principales causas de la desgracia presente en la Chiquitania.

El Señor de El Dorado está herido de muerte, solo queda seguir manteniendo la diferencia de mentalidad que tenemos desde la Colonia, que unos se quedaron en las alturas buscando rápida riqueza con la extracción de minerales y los otros, los menos, tenían la mentalidad de generar riqueza como producto del esfuerzo y por eso encontraron el Dorado.

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