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El sol nuestro de cada día

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23 de octubre de 2017, 6:17 AM
23 de octubre de 2017, 6:17 AM

Trabajan de sol a sol y bajo el sol. Muchos lo hacen desde que despunta la mañana y sienten cómo la brisa amable se va transformando en un aliento de gigante que sale de una garganta enferma, de ese nido de carbones donde las brasas arden atizadas por el paso de las horas casi eternas, como si la noche no estuviera en los planes de la jornada y el día fuera una estación donde la luna no tiene hora de arribo.  

“Trabajar afuera es inhumano”, dice una voz solvente que acaba de llegar a la redacción, que en ese caminar desde el parqueo donde dejó su motorizado hasta este punto donde el aire acondicionado devuelve a la vida se ha percatado de que las calles, en estos tiempo de altas temperaturas, no son aconsejables para existir.

Pero la realidad es así, porque en esta vida y en esta ciudad, como en muchas donde no es posible escapar de los fantasmas de la cruz que a cada quien le tocó cargar, hay gente que se ha visto obligada a aprender métodos de sobrevivencia a trabajos que no son bajo techo ni están amparados por lo menos por un ventilador. 

Albañiles que ladrillo a ladrillo levantan una casa con la nuca entregada a ese círculo caliente que cuelga de un cielo sin nubes. Cabezas envueltas con trapos porque las gorras y los sombreros ya no son suficientes para soportar los fogonazos del señor sol. Una vez, mucho antes de que Evo Morales diga públicamente que la Coca Cola era buena para destrancar baños, escuché decir a un maestro de obra que esa bebida del imperio era excelente para evitar insolaciones.   

Un hombre camina con dos baldes grandes en las manos. Camina y parece que se va a doblar como se doblan esos personajes de los dibujos animados. Los baldes están cargados con agua y el agua es pesada y la lleva para lavar una vagoneta estacionada en una calle caliente de la ciudad. No lleva gorra y de rato en rato se moja la cabeza con el agua con la que le quita la mugre al motorizado que él refriega como un objeto sagrado.

En otra esquina de este mundo un niño tiene una pala pequeña. Con ella le echa tierra a los bordes de un rompemuelles. El niño cierra los ojos porque el sol le impide mirar a los conductores, a los que les estira una mano para que le suelten alguna moneda que no esté caliente como el sol que le alumbra con rabia durante esta primavera loca. 

A los costados de las avenidas y de las calles, hombres y mujeres limpian la ciudad, levantan la basura metidos en una ropa fosforescente para ser visibles ante los conductores de alta velocidad. Libran sus batallas con la cabeza cubierta con alguna camisa y los ojos oscurecidos por esas gafas opacas de 20 pesos que se rompen en un dos por tres.  

Ellos a veces esperan al vendedor de helados que suele pasar entre la una y las tres de la tarde. No es que estén atentos con la mirada. Mientras barren, logran escuchar la bocina metálica del carrito que una mujer o un hombre bañado en sudor, pecha con esmero, como si ahí estuviera llevando el secreto mayor para soportar el calor que golpea con sus bocanadas ardientes: esos helados que se derriten apenas al llegar a la boca. Bocas calientes y secas que en las calles han aprendido a existir.

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