Opinión

El sonido largo del tren

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4 de septiembre de 2017, 6:27 AM
4 de septiembre de 2017, 6:27 AM

Es un sonido largo, largo y parsimonioso, como son los sonidos que llegan con el viento. El silbato que anuncia que ya viene ese bicho horizontal y de 1.000 músculos con pies metálicos, que no se cansa nunca y que conforma un solo cuerpo, el cuerpo largo del tren, largo como su sonido cálido que 
se mete por las ventanas cerradas de las casitas cercanas a las estaciones ocultas en la espesura de la noche.

Al día siguiente, los rieles reposan en los durmientes eternos envueltos en un silencio efímero y la vista se pierde con ellos hasta más allá de la curva. Uno los mira y vuelve a darse cuenta que el ser humano es un viajero permanente, y la mochila, una compañera fiel. El tren pasará más tarde, como una serpiente atlética, devolviendo a los núcleos urbanos los bríos 
que regala en su corta visita 
y que se los lleva con su último vagón que se marcha por el horizonte.

Ya no es como antes, como cuando el tren de pasajeros pasaba varias veces por semana y los vagones llegaban repletos de gente que durante el viaje habían cultivado el hambre. Los habitantes de esos pueblos les ofrecían sus manjares tradicionales que vendían a voz en cuello, entusiasmados como si estuvieran anunciando las noticias de los diarios que nunca llegan ahí. Un restaurante al paso que se instalaba a los costados, entre los rieles y la tierra colorada, donde los perros también acudían con la cola al viento, enarbolados por las sobras que les tiraban desde las ventanillas los que no lograban terminar la comida antes de que la locomotora anuncie la marcha con su bramido pletórico.

Ya no es como antes, porque por muchos de los pueblos llegó el asfalto que transformó sus antiguos caminos en carreteras. Desde entonces empezaron a pasar los buses que antes les negaban sus servicios, el tren dejó de tener pasajeros y disminuyó el itinerario de los viajes. Pero la carga, esa carga que Bolivia saca a los puertos de ultramar sigue fiel a los aceros y, por lo general, pasa de noche montada a su potro de siempre, cuando los quehaceres de los seres humanos se apacigua y las persona se meten en la cama 
y después despiertan puntuales para disfrutar de ese sonido largo que llega cálido como un sueño. 

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