Opinión

El suicidio colectivo

Johnny Nogales 17/10/2020 05:00

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Jim Jones fue un predicador estadounidense, fundador del Templo del Pueblo. Su lucha contra el racismo, su acogida a los negros discriminados, su ayuda a los drogadictos y necesitados, y la realización de “curaciones por la fe” le sirvieron para lograr una numerosa colectividad de seguidores. Sin embargo, fue criticado por otros grupos religiosos dado su autoritarismo, su identificación con el comunismo y la severa disciplina que imponía a sus adeptos. Entonces, decidió romper con la Biblia y declararse al mismo nivel que Jesucristo.
 
Después de un par de movimientos migratorios dentro de su país y a causa de públicas denuncias de explotación laboral, golpizas y amedrentamientos a los miembros de su comunidad, decidió trasladar su “templo” a Guyana. Seguido de un millar de creyentes fundó su propia villa: Jonestown. A su modo, practicó el socialismo, creó su propia religión y combinó ambos como dirigente. Poco más de un año después instruyó el suicidio colectivo de todos sus discípulos, como un “acto revolucionario” que los llevaría al paraíso.
 
El debate sobre la separación entre el poder político y el religioso tiene larga data, pero en el siglo XVI se define nítidamente: Existen dos espadas: La espiritual y la temporal; una debe ser blandida por el Pontífice y la otra por el Emperador; se establece una diferencia entre estos dos poderes. Sin embargo, aún en nuestros días este axioma no es de aplicación universal, existen Estados que han optado por posiciones que van, en una amplia gama, desde el ateísmo hasta la teocracia.
 
Los que ponen en manos del gobernante el manejo de las dos espadas, espiritual y temporal, consideran que su conductor es a la vez líder político y religioso. Y no son pocos: El Vaticano, Irán, Pakistán y algunas regiones de Nigeria y Sudán, por citar ejemplos. En general, el carácter prácticamente divino de su guía hace imposible cualquier disenso. Si unes las leyes del hombre a las leyes de Dios no hay forma de discutir; sólo queda el ciego acatamiento.
 
A la par, encontramos al fundamentalismo, que construye sistemas con doctrinas inamovibles e inapelables, ya sean religiosas, políticas o mixtas. La historia registra fundamentalistas de izquierda y de derecha, indistintamente; y este pensamiento es el sustento ideológico de las dictaduras.
 
En ambos polos se erigen ídolos intocables. El sólo cuestionamiento a cualquiera de sus decisiones es castigado como un delito o como un pecado. Mientras la democracia se basa en la libertad, el fundamentalismo es sinónimo de sometimiento, esclavitud y servilismo. En aquella se tiene adversarios, en éste únicamente se reconocen enemigos; no se admiten opositores, los reprimen o aniquilan. Es casi imposible que se allanen a la unión o el entendimiento con los contrarios y que renuncien voluntariamente al poder.
 
Constatemos que los extremos se juntan: Los países comunistas o socialistas, que abominan de la religión bajo la égida de que es “el opio de los pueblos”, y las teocracias, que se dicen receptoras del mandato divino, tienen un rasgo común: Su aversión a la democracia, pues la consideran una molestia superflua. Si la voz del gobernante es la del mismísimo Supremo Hacedor, quien no sólo habla sino actúa a través de su Elegido, tendremos un poder mayor al de cualquier rey; no es necesario consultar ni escuchar a nadie más. Por ello, hasta los ateos confesos y militantes quieren crear cultos que les aseguren el predominio. He aquí el riesgo de usar la religión como un instrumento político.
 
Eso es lo que pasó en Jonestown. Una masa obnubilada y carente de raciocinio obedeció fanáticamente la instrucción de inmolarse, después de haber asesinado a sangre fría a cientos de bebés, niños y jóvenes: sus propios hijos. El epílogo trágico fue el escopetazo que acabó con la vida de su líder. Todos perecieron bajo las órdenes de un “iluminado”, seguramente lleno de loables propósitos; pero “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”.