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Perdón si las antiparras quedaron húmedas. Fue inevitable. No es fácil enfrentarse a la vulnerabilidad descarnada de caminar a ciegas por la sala y por la vida, ni con las agresiones sonoras de la ciudad de los bocinazos y los carajazos, ni con la violencia de los olores que se acentúan cuando los ojos se cierran. No por propia voluntad.

Perdón por humedecer las antiparras. Sucede cuando se tiene una conciencia ‘inédita’ de cada latido del corazón, cuando los aplausos salen desde las vísceras, cuando la mente y la rutina por fin callan para escuchar al otro, cuando se siente la temperatura de la mano que se acaricia, cuando la música se vuelve piel, y también oxígeno, cuando la inclusión deja de ser una formalidad jurídica o simple humareda. 

Si sensibiliza, es arte. Y ese poder lo tuvo el Teatro Ciego La imagen ausente, del elenco Makhurka. Ese poder se lo dio la Embajada de Suiza en Bolivia, que subvencionó cada presentación en el eje troncal, para impulsar la inclusión práctica, no de letra muerta, de las personas no videntes, y mostrar lo que padecen en una ciudad hostil, desde sus aceras.

Los asistentes, que entraron a la sala con los ojos cubiertos, entraron en la carne de un no vidente. Recurrieron a sus otros sentidos, encaminados por un guion de sensibilidad impresionante, y melodías acertadas.

“En tiempos de ansiedad, es rebeldía la felicidad”, decía una letra. Mientras que la otra transportaba a las emociones desde los colores: “amarilla como la alegría”. “Cuando te vea te pago”, bromeaban, alejados de la queja. Es que si uno cierra los ojos, siente mejor su corazón.

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