Opinión

El temible mal de rabia y los perros callejeros

El Deber 10/5/2017 04:00

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Menudearon en marzo y abril las noticias sobre la proliferación del mal de rabia en esta capital y en todo el departamento de Santa Cruz, asimismo se habló de la necesidad de tomar precauciones, sugiriéndose esterilizar a los perros callejeros o eliminarlos por ser los principales transmisores, hasta que la semana pasada reventó el puchichi con toda crudeza: un joven de 14 años murió víctima de la dolencia horrorosa.

Parece mentira que sigamos con el Jesús en la boca ante el peligro de que aparezcan más casos de rabia canina y humana, siendo que hace cerca de 30 años los entendidos en el asunto estimaban que para comienzos del siglo XXI este mal no pasaría de ser un triste recuerdo. Pero los pronósticos fallaron porque no se tuvo en cuenta que los vecinos de esta viña casi siempre son contumaces en eso de obedecer las recomendaciones y las medidas de las autoridades, entonces la dolencia se presenta cada vez con su implacable rigor, además porque la costumbre siguió viento en popa: dejar a los perros en las vías públicas para que se multipliquen y engrosen el número de callejeros, que en la actualidad se calcula que son más de cien mil, la mayoría deambulando por la ‘locomotora’ y centenares de ellos repartiendo dentelladas a diestra y siniestra, por eso la cantidad de personas mordidas también aumenta, al igual que los casos de rabia canina.

Por tanto no hay que extrañarse si en cualquier momento surgen más víctimas mortales a raíz de esta enfermedad, por culpa de los desaprensivos vecinos que no cuidan a sus animales, al contrario, los largan para que se busquen comida en las calles, peor aún, para que hagan sus necesidades y entren en amoríos indecorosos, como suele verse a cada paso. No tendría que haber ni un perro callejero, tomando en cuenta el peligro que representan y las campañas de prevención y advertencia de los organismos pertinentes que son desoídas por la gente, por eso igualmente se multiplican otros graves problemas, como el de la basura desparramada por todas partes, como invitando al cólera a que retorne con su guadaña. Continuemos con esta actitud, pero después no nos lamentemos ni acusemos a nadie si la desgracia cae en nuestro propio seno familiar. 

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