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23 de agosto de 2017, 4:00 AM
23 de agosto de 2017, 4:00 AM

El último atentado terrorista fue en Barcelona; el siguiente pudiera ser en cualquier otra ciudad europea o del mundo. Por eso, José María Irujo afirma que el desafío es escalofriante. Es que el atentado en la Ciudad Condal se produjo pese a que en España hay “más de 1.000 sospechosos (que) están en el radar de las Fuerzas de Seguridad, y al menos 259 personas están siendo investigadas judicialmente y 500 teléfonos están siendo intervenidos como miembros de ese ejército durmiente de mil cabezas”, lo que muestra lo difícil que es acabar con este flagelo terrible. La violencia terrorista hace pensar a los europeos que este y los últimos ataques en Europa demuestran, una vez más, que tenemos que prepararnos para convivir con la yihad.

Esta forma violenta de lucha político-religiosa no es nueva. Ahora ha recrudecido porque entre los refugiados del convulsionado Oriente Medio que recibieron los países europeos, se habrían camuflado ‘lobos solitarios’, cuya amenaza es muy difícil de controlar.

El Estado Islámico (EI), como antes Al Qaeda, no tiene enemigos determinados: es toda la civilización la que pretenden destruir y así dominar el mundo bajo una sola fe impuesta y no se limitan a perpetrar atentados en solo un continente. En 1994, en Buenos Aires, los terroristas hicieron volar la sede la Asociación Mutual Israelita Argentina, dejando 89 muertos (entre ellos 6 bolivianos) y 300 heridos. Y en 2001, el más devastador: el de las torres del World Trade Center de Nueva York que causó la muerte de cerca de 3.000 personas.

El EI está perdiendo la guerra en Irak y Siria, pero gana en la del terrorismo. Otra vez ataca una gran ciudad, causando la muerte de inocentes. Con esta clase de violencia pretende la creación de un clima de terror e inseguridad y así intimidar a los que no profesan sus creencias religiosas ni comparten sus planes políticos. 

El EI no ha renunciado, ni lo hará en el futuro previsible, a su propósito de establecer –o restablecer– un gran califato islámico que se extienda en Oriente Medio, Norte África y también en Europa. Reclama, por ejemplo, como tierra irredenta, a la antigua España mora –Al-Andalus– que desapareció hace más de cuatro siglos. Todo esto pone en evidencia lo que hace más de medio siglo Arnold J. Toynbee advirtiera: “La civilización está siendo puesta a prueba…”.  

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