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En la urbe estadounidense de Chicago se produjeron desde el 1 de mayo de1886 incidentes entre obreros y policías que culminaron en tragedia. Las protestas exigían jornada laboral de ocho horas. Se inició luego el amañado juicio de ocho sindicalistas; cinco fueron ejecutados y tres quedaron recluidos. Se los denominó Mártires de Chicago y así se fijó en un congreso obrero (París, 1889) el primer día de mayo como jornada mundial de los trabajadores, evento celebrado en casi todo el globo, excepto EEUU y Canadá, que lo celebran el primer lunes de septiembre.

Desde aquellas épicas jornadas de protesta el movimiento obrero ha ido adquiriendo importancia. Consolidó derechos que hoy parecen normales, aunque fueron duramente ganados. La legislación moderna provee una serie de beneficios que protegen al trabajador y le aseguran un razonable bienestar. Esto no ocurre en todas partes. Existen sitios donde todavía se practica la esclavitud laboral. En países que tuvieron vertiginoso crecimiento –la India y China, los más característicos- existen masas explotadas en jornadas de 16 horas por sueldos paupérrimos. Ese capitalismo salvaje abarata la producción, pero con sacrificio humano, algo totalmente inadmisible. Los regímenes comunistas se jactaban de ser el “paraíso de los trabajadores”. El colapso de la Unión Soviética en 1991 probó que eso fue una gran mentira. El comunismo se sirvió de los trabajadores y originó una nueva oligarquía, la llamada “nomenclatura”. Al extinguirse la URSS, corruptos exjerarcas mostraron sus fortunas mientras los trabajadores padecían necesidades básicas. 

Con el tiempo surgió el capitalismo social o capitalismo protector, típico de las democracias europeas de hoy. Se respetan y protegen derechos y al mismo tiempo hay obligaciones como natural contrapartida. Jubilaciones, servicios de salud, centros de recreación, etc. son algunos campos donde el obrero avanzó mucho. Empero, subsiste la demagogia de la búsqueda excesiva de derechos laborales, algo que ya está provocando efectos perversos. La sobreprotección termina siendo un escollo y en lugar de crear más trabajo lo restringe. Lo vemos en Bolivia ahora. Agreguemos automatización y ‘robotización’, procesos que dejan a muchos obreros de base sin espacio en la industria. El fin del trabajo aún está lejano, aunque una constante innovación disminuye oportunidades masivas y sí crea nichos para especialistas. El trabajador tendrá hasta el fin de los tiempos un lugar especial. Sus derechos deben defenderse con racionalidad, sin exageraciones ruidosas de vacío contenido. 

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