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Tras la superación de conflicto social que buscaba cambiar la fecha de las elecciones y que al final concluyó ratificándose sin ningún cambio, el país se encamina a un proceso electoral inédito, en medio de una pandemia global, tras una anulación por fraude y tres postergaciones de fechas, con una polarización política que no se veía hace quince años, y el gran desafío de evitar un previsible ausentismo por temor a los contagios de Covid-19.

En esa misión, el gran actor protagónico es el Tribunal Supremo Electoral, que no debe ahorrar esfuerzos ni recursos para darle al ciudadano garantías, condiciones y confianza para que pueda acudir a los recintos electorales con la certeza de que estará cumpliendo con un deber ciudadano sin poner en riesgo su salud, así como tampoco estará amenazada la integridad de sus familiares.
Es probable que el 18 de octubre muchos ciudadanos decidan no ir a votar -además alentados ahora por la suspensión de sanciones duras, como ocurría hasta la anterior elección- porque imaginarán una fila ante la mesa de jurados, pensarán en la congregación de personas en los patios de los colegios, supondrán algún contacto con los miembros de la mesa, recordarán que deben firmar un libro, temerán ingresar a un espacio reducido donde otras personas ya apoyaron sus brazos para marcar la papeleta y finalmente harán memoria que deben pintar un dedo con tinta indeleble. 

Además, en Bolivia la jornada electoral es un día muy social, donde los votantes se encuentran en las afueras del establecimiento o en las colas y se dan a la charla con actualización de estados personales, familiares o laborales, y ese será también un motivo adicional que, si bien en otras ocasiones era agradable, ahora puede infundir cierto temor.

Un vocal del TSE adelantó que la población votará en dos grupos, según terminación de la cédula de identidad: unos en la mañana y otros en la tarde; también se sabe que la jornada de votación se extenderá de ocho a nueve horas.
Hasta ahora se conocen esos dos pequeños cambios, pero está claro que serán insuficientes para hacer frente a un enemigo mayor como es el miedo. El Tribunal Supremo Electoral tiene que hacer esfuerzos en la misma medida de su nombre para derrotar al ausentismo proponiendo auténticas transformaciones, audaces y significativas, si quiere tener alguna esperanza de éxito el tercer domingo de octubre.

Para comenzar, una hora adicional para la votación parece insuficiente, y por contraste a la lógica de que a menor cantidad de tiempo mayor concentración de personas, debiera el TSE considerar ampliar dos o tres horas la jornada y hacer una distribución más holgada de tiempos y terminaciones de cédulas de identidad.

Además, hará falta informar con bastante tiempo de las medidas de bioseguridad que se establecerán en los recintos de votación, hacer campañas educativas, convencer a la población, en definitiva, de que votar no implicará ningún riesgo de contagio por todas las previsiones e innovaciones que debe proponer el Órgano Electoral.

Creatividad y audacia, con esa actitud tiene que actuar el TSE que el 18 de octubre también irá a las urnas a ganar o perder, según sea la afluencia de votantes y las condiciones que le ofrezca a los ciudadanos para ejercer su derecho y cumplir con su deber con el país.