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El valor pedagógico de las campañas

Juan Cristóbal Soruco 11/9/2020 05:00

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Desde el domingo pasado, fecha de inicio de la campaña electoral, el ambiente se ha tensionado por la difusión de los resultados de una encuesta de intención de voto realizada por la empresa CIES Mori para Unitel y Bolivisión , que provocaron una airada reacción sobre todo de los líderes y adherentes de los partidos con menos apoyo.

Como alguna vez me animé a escribir, milito en el bando de quienes dudan de la precisión de las encuestas en general por la simple comparación de los datos que difunden y los resultados concretos de las elecciones desde 1985 cuando, si mal no recuerdo, comenzó a utilizarse esta técnica. Además, desde entonces hasta ahora las reacciones a los resultados de las encuestas siempre han sido las mismas: alegría de quienes resultan favorecidos por la intención y profunda ira de los que no.

El problema es que muchos olvidan que se trata de una especie de fotografía de un momento y que su utilidad, cuando están bien hechas y responden a cánones éticos estrictos, es que permiten detectar corrientes de opinión. Que lo olviden los dirigentes políticos y los militantes activos resulta natural, pero que caigan en la sutil trampa quienes las comentan públicamente ya es peligroso porque confunden a la ciudadanía.

La situación empeora en las redes sociales donde abundan la ignorancia y el fanatismo, y se están cerrando todos los resquicios para abrir un debate sensato sobre este y otros temas que convertirían las campañas electorales no solo en un trabajo de proselitismo político, sino de pedagogía cívica, concepción que ha sido olvidada y sustituida por el “todo vale” para hacerse del poder. En ese todo vale predominan la descalificación de quien piensa diferente, la calumnia, la difamación y la falta de escrúpulos para difundir mentiras sobre la idea de que “alguien” dijo.

Se argumentará que la política siempre ha sido así, pero creo que se ha agudizado en los últimos tiempos porque los actores políticos han abdicado de su tarea de ser agregadores de las demandas de la sociedad y proponer visiones de país, para convertirse en gestores de intereses generalmente corporativos. También por la irrupción de personajes que ven en el ejercicio del poder una forma de enriquecimiento rápido y en las propuestas programáticas un maquillaje para poder llegar al Gobierno, y del masismo que, con una visión autoritaria y revanchista del ejercicio del poder, y un grosero culto a la personalidad del líder fue corroyendo todas las instituciones que desde 1982 intentamos construir democráticamente.

Pero, el todo vale ha calado tanto en los operadores políticos, como se puede observar en las estrategias electorales de algunas de las alianzas que participan en estas elecciones, cuyos diseñadores no tienen ningún límite al objetivo de descollar, como en varios sectores sociales que lo legitiman.

De ahí que una de las primeras tareas que debemos enfrentar en la reconstrucción del Estado democrático es cambiar radicalmente esa lógica. Para ello los candidatos y sus seguidores deberían imponerse ciertos límites de comportamiento que ayuden a que recuperemos la esencia del sistema democrático: considerar al otro como un adversario y no como un enemigo, y tener la conciencia de que para que haya gobernanza democrática es preciso pactar acuerdos en función a una mejor administración del Estado y no solo en función de copar espacios de poder.

En ese orden, son intolerables las expresiones de regionalismo radical aparecidas en el altiplano paceño y en Santa Cruz. Es tan cuestionable pensar en crear una nación aimara como hacer del Oriente un estado asociado. Para peor, incentivar confrontaciones sobre prejuicios indemostrables, guiados por el fanatismo, el racismo y la pasión.

En fin, si queremos construir democracia, es inexcusable recuperar la esencia política y pedagógica de las campañas electorales y dejar que la ciudadanía decida quiénes serán sus futuras autoridades sobre propuestas y liderazgos reconocidos, y no en base a amedrentamiento alguno.