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OPINIÓN

“El virus no discrimina, nosotros sí”

Guadalupe Peres-Cajías 16/5/2020 03:00

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Con ese título, el colectivo “La Pública” convocó a un conversatorio sobre procesos de diferenciación y discriminación en la coyuntura particular del COVID el jueves 7 de mayo.

Esta frase se relaciona con la reciente publicación del sociólogo Boaventura de Sousa Santos (2020). “Cualquier cuarentena es siempre discriminatoria, más difícil para algunos grupos sociales que para otros” indica.

En el contexto de la pandemia, con el pánico generalizado, la incertidumbre a flor de piel, el confinamiento obligado y el distanciamiento como nueva norma social, las relaciones entre sujetos tienen el riesgo de fragilizarse considerablemente. No obstante, cómo indica Sousa Santos, esta situación se origina antes de la llegada del virus.

¿Qué ocurre en el caso boliviano? ¿Cómo entender los procesos de diferenciación y discriminación en este territorio?

Esta es una pregunta compleja que amerita un largo debate. Sin embargo, considero que hay cuatro factores claves, que explicarían la fragmentación del tejido social boliviano previa a la pandemia: la herencia colonial, la instrumentalización política de la diferencia, la debilitada noción de lo público y la consecuente falta de espacios de interacción plural.

La categorización de los habitantes en función a su condición racial y étnica fue una de las consecuencias más perversas que las colonias europeas dejaron en América. La distancia entre el indígena y el blanco, el mestizo y el criollo, y las distintas categorías establecidas, condicionaron históricamente el entendimiento entre los habitantes de esta región.

Bolivia no fue la excepción. Al contrario, esta distancia fue heredada generación tras generación. El proyecto de la República debió asumir una política de integración. No lo hizo. La revolución del 52 trabajó una idea de nación para superar las brechas. Pero tampoco logró concretar una visión integral y plural de los bolivianos. La supuesta revolución cultural del Movimiento Al Socialismo (MAS) prometía una visión de una Bolivia inclusiva. Promesa incumplida.

El MAS concluyó su estancia en el palacio hace seis meses. Un fin abrupto y hasta ahora incierto. Pero con una certeza clara: dejó a la ciudadanía enfrentada. Las pugnas se dieron en el plano discursivo, viral o en vivo. Pero también se dieron enfrentamientos físicos. Heridas en el personal de salud. Jóvenes muertos.

Esa Bolivia dividida y enfrentada era un retrato de la diferenciación colonial heredada. Pero también fue resultado de las estrategias de instrumentalizacion politica a partir de esa diferencia.
 
El anterior gobierno conocía de las tensiones irresueltas producto de la diferenciación históricamente impuesta. Aprovechó la condición de diferenciados para profundizar la distancia entre los bolivianos. Así, ganaría seguidores que se sentían representados en la imagen de un “líder carismático”. Aquellos estarían prestos para defenderlo, incluso con su propio cuerpo. También por un monto de dinero.
 
 “Divide y vencerás” decía El Principe de Maquiavelo (1532). Principio que fue implementado por el gobierno de Evo. No fue exclusivo de ese periodo -cabe recordar el uso del cuerpo indígena en la Guerra Federal (1889) y en la revolución nacional (1952)-. Pero la instrumentalización masista de la diferencia fue quizás la más efectiva. Tuvieron 14 años de poder y 12, con los bolsillos llenos.
 
A esto se suma el poco interés del Estado boliviano por fomentar la construcción de lo público. Una destacable condición del Estado de Derecho, que representa la inclusión de la ciudadanía en su conjunto a través de políticas y acciones concretas. La salud, la educación, el arte, son escenarios idóneos para ello.
 
Basta un vistazo a los hospitales públicos, en el contexto de la pandemia, para evaluar cómo le ha ido a Bolivia al respecto.

La pendiente construcción de espacios de servicio público e inclusivo tiene como consecuencia la carencia de esferas públicas y plurales de discusión sobre asuntos de interés colectivo. En consecuencia, la interacción entre la diferencia es limitada. Por ende, también nuestro entendimiento y la posibilidad de ver más allá de las categorías impuestas y las estrategias maquiavélicas.

En síntesis, la diferencia se ha usado perversamente como recurso para generar distancia, cuando debería ser tratada como una de las principales virtudes bolivianas.

Es cierto que el contexto de la pandemia puede implicar un mayor alejamiento. Pero también nos está forzando a reinventarnos como sujetos. A propósito de esto, ¿seremos capaces de transformar nuestro relacionamiento?

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