Opinión

Elecciones atípicas

William Herrera Áñez 10/8/2020 03:00

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El proceso eleccionario previsto para el 18 de octubre de 2020 será muy diferente al pasado de octubre de 2019 (un año exacto) no solo porque no habrá el megafraude que hizo Evo Morales y su gobierno sino además porque se realizarán en tiempos del covid-19 y la “nueva realidad” que no termina de aterrizar, y está muy lejos de estabilizarse. Los partidos políticos, las agrupaciones ciudadanas y los candidatos presidenciales tienen que ajustar y, en la mayoría de los casos, cambiar radicalmente sus estrategias políticas.

Aunque no están prohibidas las campañas electorales, tendrán que suspenderse o limitarse a su mínimo expresión, especialmente las tradicionales concentraciones, los actos masivos, los abrazos, besos, besitos, etc. El covid-19 ha movido el piso a los candidatos y a sus aparatos de campaña porque tienen que cambiar de paradigmas y buscar nuevas formas de conquistar a sus potenciales votantes. En este proceso electoral se tienen que utilizar (como nunca se hizo antes) los medios masivos y revalorizar el debate político virtual entre los principales candidatos presidenciales.

Y como se trata de una de las actividades que mayor movilidad social produce, dependiendo cómo evolucione el covid-19, siempre habrá un alto riesgo de propagación y contagio de la enfermedad. Es fundamental que el organismo electoral establezca los protocolos necesarios de bioseguridad, que garanticen que los ciudadanos puedan ejercer su derecho al voto pero sin sacrificar sus sagrados derechos a la salud y a la vida.

El Tribunal Supremo Electoral debe considerar nuevas condiciones y formas de emitir el voto, masivos instrumentos de salubridad, una estrategia comunicacional agresiva, y nuevas modalidades de votación. El órgano electoral no debería descartar, por ejemplo, el “voto electrónico”, común en otros países. Esta modalidad permitiría ejercer este derecho político con anticipación a las elecciones y lógicamente sin necesidad de hacer fila ni tener que paralizar el país todo un día (así sea domingo). 

Que el “voto electrónico” en algunos países, como en la Venezuela de Maduro, se haya instrumentalizado para el fraude, siempre hay ese riesgo hasta con el sistema manual. Lo que no debe hacerse es seguir con la forma tradicional, máxime ahora que el covid-19 hace de las suyas. La revolución tecnológica, en este sentido, siempre será una aliada estratégica de los procesos electorales, ya que permite seguir en vivo cualquier evento electoral y así aumenta y se fortalece la institucionalización y se busca la modernización del Estado.

Sin embargo, uno de los mayores desafíos del órgano electoral será generar confianza, y para ello debe hacer todos los esfuerzos que sean necesarios y, sobre todo, transparentar todo el proceso.  Tiene que generar las condiciones para que la ciudadanía tenga acceso y acompañe todo el quehacer electoral, así como facilitar la información y transmisión de los resultados.      

El órgano electoral debe estar no sólo informado sino consultando periódica y sistemáticamente a la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud, el Ministerio de Salud y expertos en salud pública, de modo de saber, hasta donde sea posible, cuál será el comportamiento del covid-19. Igualmente debe tener un plan B para la eventualidad de que continúen los riesgos de propagación y contagio comunitario. 

El poder electoral, que monopoliza el proceso electoral, tiene la misión fundamental de garantizar el ejercicio pleno y complementario de la democracia directa y participativa, la representativa y la comunitaria. Y aunque no lo establezca expresamente la Constitución, ahora tiene la responsabilidad histórica de garantizar, además, la salud de la ciudadanía, que tiene la obligación de concurrir a las urnas y ejercer su derecho político de votar y elegir a sus autoridades para la conformación del poder público.  

                                                *Jurista y autor de varios libros.