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28 de junio de 2019, 4:00 AM
28 de junio de 2019, 4:00 AM

Como en la celebración del año nuevo, con las elecciones nacionales -aunque la realidad objetiva nos diga lo contrario- no podemos evitar una secreta esperanza de que vengan tiempos mejores por la vía de la renovación de personas, visiones y propósitos. Pero, cuando nos vamos enterando que tal renovación/innovación no pasa de ser un discurso electorero, nos damos de cabeza y cara con el desencanto, la decepción o la desesperanza.

Si en ambos lados del espectro las lecciones pasadas no se aprenden, tenemos que ser muy testarudos e incapaces de pensar en los errores cometidos y en los problemas del país, su estancamiento y hasta su retroceso, para por lo menos hacer el esfuerzo de que cambie nuestro rezago en el contexto del continente y más allá.

La misma mecánica en la selección de candidatos con base en el compadrerío, el amiguismo o la conveniencia del voto por la imagen populachera, las camarillas de siempre en procura de los puestos claves del potencial gobierno, por sobre la idoneidad y capacidad de generar ideas y soluciones estructurales que impulsen el salto cualitativo, no puede menos que despojarnos y llevarnos a sentimientos de incertidumbre o resignación.

Con estas conductas, dónde quedan los compromisos de promocionar y dar oportunidad a jóvenes valores, a la equidad respecto de los excluidos y a la inserción en una visión dinámica e integradora de los nuevos paradigmas que hasta hoy nos son ajenos; ¿dónde está la cabal evaluación y análisis, críticos y valientes, de las barreras estructurales para derrumbar mitos, de crear y recrear las que necesitamos para alcanzar al mundo global que avanza veloz, pero sin nosotros?

Si los esfuerzos de reconocernos en nuestra pluralidad demográfica y sociocultural, la búsqueda de representación política con una composición donde no solo votemos sino también elijamos, fueron distorsionados y desvirtuados por un voraz sistema de partidos; si la miopía y el fanatismo nos volvieron al anacrónico corporativismo y el envilecimiento masivo e impune de una corrupción que nos corroen el alma y mucho más, ¿por qué no imprimir los máximos esfuerzos en iniciar un ciclo nuevo que rompa tales círculos viciosos? ¿por qué no abrir las puertas a la recuperación de los valores, al aprovechamiento de una inteligencia nacional que, relacionada proactivamente con los centros de desarrollo de la ciencia y la tecnología, pueda generar un nuevo tiempo para los bolivianos?

Si los aspirantes, dirigentes o asesores, no son capaces de pensar y actuar de manera diferenciada de los patrones caducos y perversos del pasado, no son dignos de nuestra esperanza y una vez más, le estarán fallando y frustrando a las generaciones futuras, esto es, a sus hijos y a los hijos de sus hijos junto a los nuestros. Aún están a tiempo señores candidatos del oficialismo y de la oposición.